¿Perdiste el mojo?

austin

En muchos casos perder la propia confianza, energía, o el entusiasmo, que además coincide con una disminución del propio éxito, se lo llama ‘Perder el mojo’.

La frase, si bien es antigua, fue recuperada por el personaje cinematográfico de Austin Powers y, en momentos de tantos cambios disruptivos, se ha vuelto muy vigente y presente hasta en seminarios de capacitación profesional.

Austin Powers define al Mojo como autoconfianza, autoestima, autoeficacia o incluso atractivo sexual. Por su parte su enemigo, el Dr. Evil, lo define como: “La libido, la fuerza vital, la esencia, las cosas correctas, lo que los franceses llaman cierto, ‘No sé qué'”.

Ahora bien, los diversos motivadores profesionales tienen varias fórmulas mágicas para recuperar el mojo, y algunas de ellas están más cerca de un consejo de Jorge Bucay que de algo profesional que le sirva a muchos directivos de empresas grandes y pymes que lo padecen.

Después de muchos meses , demasiados diría, de analizar la pérdida del mojo, creo que este es el inicio del camino para comenzar el viaje de la reinvención de uno mismo.

Cambie su visión: Cambie el entorno. Es hora de abandonar el cubículo y trabajar en un parque, cafetería o museo. El medio ambiente importa. Si alentamos a nuestros hijos a que jueguen afuera y busquen nuevas opciones, por qué nosotros no lo hacemos. Tómese dos horas semanales en trabajar en otro entorno.

Cambie su actitud: Visualice un objetivo. Puede ser obtener un cliente nuevo y difícil o bajar cinco kilos en un mes. Lo que importa es visualizar la línea de meta, determinar que se necesita para llegar a ese punto, establecer pequeñas metas acumulativas que sirvan para estar enfocado y alerta. Logrado ese pequeño logro comience a pensar en el próximo objetivo. Los resultados incentivan.

Cambie sus patrones: Esto implica una gran valentía. Cambiar patrones implica descubrir nuevos mundos que pueden asustar. Desde ir a un gimnasio, cambiar de la cafetería habitual a una nueva, o bien mover el escritorio de lugar. A veces los pequeños cambios aumentan la calidad del pensamiento.

Cambie sus prioridades: La falta de tiempo es el mal del siglo XXI. El problema es la falta de enfoque entre lo que es importante, de lo prioritario. La agenda o calendario marca cuales son sus prioridades y este refleja sus valores más profundos.

Cambie su mentor: Pregúntese a quién admira. Aprenda de los expertos. Busque gente que quiera compartir sus conocimientos. Haga el esfuerzo de mantener una relación activa programando una reunión o almuerzo mensual con quién pueda retroalimentarse y crecer profesional y humanamente.

Cambiar su entorno: Las personas con las que se rodea influyen en usted. El entorno negativo genera negatividad y el positivo genera positividad. Los valores de las conexiones que usted tenga seguramente le afectarán y eso es bueno. Hay una teoría que dice que su patrimonio será el promedio neto de tus cinco amigos más cercanos. Elija sabiamente con quién comparte su tiempo.

Cambia tus pensamientos: La frase “Eres lo que piensas” en cierta, por lo tanto revea y reanalice sus pensamientos. No piense en “no puedo hacer esto”, sino en “podría tratar de hacer aquello”.

Ninguno de estos cambios son fáciles. Todos requieren un gran esfuerzo personal tanto en lo físico como en lo emocional. Todos requieren un cambio forzado de hábitos, pero como dijo Einstein: “No busque resultados diferentes si siempre hace lo mismo”.

¡Yes baby!

La vigencia del pensamiento de Abraham Lincoln

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Pese al paso de los años, el pensamiento y los conceptos de Abraham Lincoln, mantienen una tremenda vigencia.

No puedes ayudar a los pobres destruyendo a los ricos.

No puedes fortalecer al débil debilitando al fuerte.

No se puede lograr la prosperidad desalentando el ahorro.

No se puede levantar al asalariado destruyendo a quien lo contrata.

No se puede promover la fraternidad del hombre incitando al odio de clases.

No se puede formar el carácter y el valor mediante la eliminación de la iniciativa e independencia de las personas.

No se puede ayudar a las personas de forma permanente haciendo por ellos lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos.

Lo inquietante es ¿cómo es posible que se siga debatiendo lo mismo para tener que volver a los conceptos de Lincoln?

El final de ‘Annie Hall’

Annie-Hall

Adoro las películas de Woody Allen. Casi siempre sus finales me reconfortan, pero si debo elegir un final ese es sin duda el de Annie Hall. Una película magnífica de principio a fín que ganó el Oscar a la mejor película venciendo nada más ni nada menos que a Star Wars, La chica del adiós y Julia, entre otras.

El final es un maravilloso montaje de imágenes de toda la película, en donde Allen, a través de su personaje Alvy Singer, cierra la película de forma magistral:

… No obstante, volví a verla. Volví a ver a Annie. Fue en la parte alta del Oeste de Manhattan. Había vuelto a Nueva York. Vivía en el Soho con un chico y cuando la vi, lo estaba arrastrando a ver el documental “La Pena y la Piedad”, así que lo tome como un triunfo personal. Annie y yo almorzamos juntos poco después, y hablamos de los viejos tiempos.
Después se nos hizo tarde, los dos nos teníamos que irnos, pero fue magnífico volver a ver a Annie. Me di cuenta de lo maravillosa que era y de lo divertido que era tratarla, y recordé aquel viejo chiste, aquel del tipo que va al psiquiatra y le dice: “Doctor, mi hermano está loco, cree que es una gallina”. El doctor contesta: “Lo ha internado?” y el tipo le dice. “Lo haría, pero necesito los huevos”. Pues eso, más o menos es lo que pienso sobre las relaciones humanas, ¿saben?. Son totalmente irracionales y locas, y absurdas, pero… supongo que continuamos manteniendolas porque, la mayoría, “necesitamos los huevos”.

Primer párrafo: “45 Días y 30 Marineros” de Norah Lange

45 Días y 30 Marineros - Norah Lange

“Al subir a bordo, una multitud de miradas celestes le corretea las piernas. Los noruegos no tienen ni la más leve insinuación de ojeras. ¡Ojos celestes y párpados color rosa!… que luego hallarían una explicación en los gestos apurados del capitán: el celeste, color frío o apasionado en mala forma; el rosado: frecuencia de acquavit o de whisky en los camarotes incomodados por el vigor de pipas y fotografías de mujeres desconocidas, madres de hijos también desconocidos”.