A 40 años del Club Bruguera

Un 15 de enero de 1980 la editorial catalana Bruguera anunciaba el lanzamiento de la genial colección Club Bruguera.

Una colección de cien títulos de la literatura universal que salían semanalmente en formato de bolsillo con una presentación digna en tapas duras a un precio muy accesible y una tirada inicial de 300.000 ejemplares.

Los 100 libros pesan 25 kilos y ocupan un poco más de dos metros lineales en una biblioteca.

Una curiosidad. El nombre de la colección CLUB, se debe a las siglas de Colección de Literatura Universal Bruguera.

Hoy en día se consiguen estos libros en las librerías de viejo o de usados a precios muy económicos.

Este es el listado completo de la magnífica colección:

1 – A sangre fría / Truman Capote
2 – Nueva antología personal / Jorge Luis Borges
3 – El otoño del patriarca / Gabriel García Márquez
4 – El americano impasible / Graham Greene
5 – Pantaleón y las visitadoras / Mario Vargas Llosa
6 – Adiós a las armas / Ernest Hemingway
7 – La colmena / Camilo José Cela
8 – El amante de Lady Chatterley / D. H. Lawrence
9 – Si te dicen que caí / Juan Marsé
10 – Trópico de Cáncer / Henry Miller
11 – El siglo de las luces / Alejo Carpentier
12 – La perla / John Steinbeck
13 – La muerte de Artemio Cruz / Carlos Fuentes
14 – El barón rampante / Ítalo Calvino
15 – Para nacer he nacido / Pablo Neruda
16 – 62/Modelo para armar / Julio Cortázar
17 – La línea de sombra / Joseph Conrad
18 – La arboleda perdida / Rafael Alberti
19 – La hierba roja / Boris Vian
20 – El archivo de Egipto / Leonardo Sciascia
21 – Platero y yo / Juan Ramón Jiménez
22 – El almuerzo desnudo / William Burroughs
23 – Este domingo / José Donoso
24 – El coronel no tiene quien le escriba / Gabriel García Márquez
25 – El espía que surgió del frío / John Le Carré
26 – La nardo / Ramón Gómez de la Serna
27 – De tu tierra / El camarada / Cesare Pavese
28 – Para vivir aquí / Juan Goytisolo
29 – Las olas / Virginia Woolf
30 – La isla del tesoro / Robert Louis Stevenson
31 – La ciudad de la niebla / Pío Baroja
32 – El lamento de Portnoy / Philip Roth
33 – El libro de los Seres Imaginarios / Jorge Luis Borges
34 – El astillero / Juan Carlos Onetti
35 – Todo Ubú / Alfred Jarry
36 – Las lanzas coloradas / Arturo Uslar Pietri
37 – El perseguidor y oros relatos / Julio Cortázar
38 – Siddharta / Hermann Hesse
39 – El jugador / Feodor Dostoyevski
40 – Trópico de Capricornio / Henry Miller
41 – Manhattan transfer / John dos Passos
42 – Opiniones de un payaso / Heinrich Böll
43 – Nuestro hombre en La Habana / Graham Greene
44 – Los pasos perdidos / Alejo Carpentier
45 – Desayuno en Tiffany’s / Truman Capote
46 – La piel de zapa / Honoré de Balzac
47 – Los funerales de la Mamá Grande / Gabriel García Márquez
48 – Mujeres enamoradas / D. H. Lawrence
49 – Canto General / Pablo Neruda
50 – Rojo y Negro / Stendhal
51 – Últimas tardes con teresa / Juan Marsé
52 – Exiliados / James Joyce
53 – Laura / Pío Baroja
54 – El retrato de Dorian Gray / Oscar Wilde
55 – En el camino / Jack Kerouac
56 – Sonata de primavera / Ramón del Valle Inclán
57 – Los invictos / William Faulkner
58 – Los Pazos de Ulloa / Emilia Pardo Bazán
59 – Crónicas de pobres amantes / Vasco Pratolini
60 – Tortilla Flat / John Steinbeck
61 – El corazón es un cazador solitario / Carson McCullers
62 – Campo de batalla / Graham Greene
63 – Teresa / Rosa Chacel
64 – Cumbres Borrascosas / Emily Brönte
65 – La hojarasca / Gabriel García Márquez
66 – La playa – Fiestas de agosto / Cesare Pavese
67 – La dama de las camelias / Alejandro Dumas
68 – Pedro Páramo / Juan Rulfo
69 – La aventura equinoccial de Lope de Aguirre / Ramón J. Sender
70 – El lugar sin límites / José Donoso
71 – Cuentos completos / Alejo Carpentier
72 – El visitante y otras historias / Dylan Thomas
73 – Hermosos y malditos / Francis Scott Fitzgerald
74 – Poesía / Antonio Machado
75 – Una boda en Brownsville / Isaac Bashevis Singer
76 – Los adioses / Juan Carlos Onetti
77 – Otras voces, otros ámbitos / Truman Capote
78 – Yerma / Poeta en Nueva York / Federico García Lorca
79 – La muerte de Iván Ilich / Leon Tolstoi
80 – Paralelo 42 / John dos Passos
81 – Pigmalión / George Bernard Shaw
82 – La mala hora / Gabriel García Márquez
83 – De un castillo a otro / Louis Ferdinand Celine
84 – Los premios / Julio Cortázar
85 – Reflejos en un ojo dorado / Carson McCullers
86 – María / Jorge Isaacs
87 – La sirena negra / Emilia Pardo Bazán
88 – En la bahía / Katherine Mansfield
89 – Caballería roja / Isaak E. Babel
90 – El puerte de San Luis Rey / Thornton Wilder
91 – El gran Meaulnes / Alain Fournier
92 – Ojos de perro azul / Gabriel García Márquez
93 – La guardia blanca / Mijail A. Bulgakov
94 – Su único hijo / Leopoldo Alas “Clarín”
95 – Retrato de grupo con señora / Heinrich Böll
96 – La conciencia de Zeno / Italo Svevo
97 – Tres cuentos / Gustave Flaubert
98 – La Gaviota / Fernán Caballero
99 – El sonido y la furia / William Faulkner
100 – Las alas de la paloma / Henry James

Primer párrafo: “El asesino de la luna” de Noel Clarasó

“Pasiones, acciones y reacciones de un hombre que pretendió comprender demasiado pronto el sentido de la vida, escritas según una referencia de tercera persona, hecha de memoria sobre un relato original de viva voz. En el relato estaba la vida de un hombre; en la referencia la de otro, y en este libro la de todos, yo incluido. Quédate, lector, con la que más te guste de las tres cosas”.

¿Por qué preferimos los libros en papel?

El cerebro humano puede percibir un texto en su totalidad como una especie de paisaje físico. Cuando leemos, construimos una representación mental del texto. Al pasar las páginas de un libro de papel, se realiza una actividad similar a dejar una huella tras otra por un sendero, hay un ritmo y un registro visible del transcurrir de las hojas impresas.

La reconocida revista Scientific American publicó un artículo que pretende explicar esta paradoja: en la época de la hiperconectividad, cuando cada vez tenemos más equipos que nos permiten leer y contamos con acceso a bibliotecas enteras en formato electrónico, muchos siguen prefiriendo el papel. El libro tradicional, la revista, el diario, siguen siendo favoritos.

Nosotros no hemos nacido con circuitos cerebrales dedicados a la lectura, porque la escritura se inventó hace relativamente poco tiempo en nuestra evolución: alrededor de cuatro milenios antes de Cristo. En la niñez, el cerebro improvisa nuevos circuitos para leer y para ello usa parte de otros dedicados al habla, a cuya habilidad se suma la coordinación motora y la visión.

El cerebro comienza a reconocer las letras en base a líneas curvas y espacios y utiliza procesos táctiles que requieren los ojos y las manos. Los circuitos de lectura de los niños de 5 años muestran actividad cuando practican la escritura a mano, pero no cuando se escriben las letras en un teclado.

Más allá de tratar a las letras individuales como objetos físicos, el cerebro humano puede percibir un texto en su totalidad como una especie de paisaje físico. Cuando leemos, construimos una representación mental del texto. La naturaleza exacta de tales representaciones permanece clara, pero algunos investigadores creen que son similares a un mapa mental que creamos de un terreno, como montañas y ciudades, y de espacios físicos de interior, tales como departamentos 
y oficinas.
En paralelo, en la mayoría de los casos, los libros de papel tienen una topografía más evidente que el texto en pantalla. Un libro de papel abierto presenta dos dominios claramente definidos: páginas de izquierda y derecha y un total de ocho esquinas en las que uno se orienta. Al pasar las páginas de un libro de papel se realiza una actividad similar a dejar una huella tras otra por un sendero, hay un ritmo y un registro visible del transcurrir de las hojas. Todas estas características permiten formar un mapa mental, coherente, del texto.

En contraste, la mayoría de los dispositivos digitales interfieren con la navegación intuitiva de un texto y a pesar de que los e-readers (libros electrónicos) y tabletas replican el modelo de páginas, estas son efímeras. Una vez leídas, esas páginas se desvanecen.

“La sensación implícita de dónde usted está en un libro físico se vuelve más importante de lo que creíamos”, dice el artículo de la revista Scientific American. También pone en cuestión que los fabricantes de libros electrónicos hayan pensado lo suficiente sobre cómo es posible visualizar dónde está el lector en un libro.

En un trabajo sobre comprensión de texto, al comparar alumnos que leyeron en papel con otros que leyeron un texto en versión PDF en la pantalla, se concluyó que los primeros tuvieron mejor rendimiento.

Otros investigadores están de acuerdo con que la lectura basada en pantallas puede empeorar la comprensión, ya que es mentalmente más exigente e incluso físicamente más cansadora que la lectura en papel. La tinta electrónica refleja la luz ambiental al igual que la tinta de un libro de papel, pero las pantallas de ordenadores, teléfonos inteligentes y tabletas hacen brillar la luz directamente en los rostros de las personas y la lectura puede causar fatiga visual, dolores de cabeza y visión borrosa. En un experimento realizado por Erik Wästlund, de la Universidad de Karlstad en Suecia, las personas que tomaron una prueba de lectura comprensiva en un equipo electrónico obtuvieron calificaciones más bajas e informaron mayores niveles de estrés y cansancio que las personas que completaron en papel.

Las investigaciones más recientes sugieren que la sustitución del papel por pantallas a una edad temprana tiene desventajas. En 2012, un estudio en el Joan Ganz Cooney Center en la ciudad de Nueva York reclutó 32 parejas de padres e hijos de 3 a 6 años de edad. Los niños recordaron más detalles de las historias que leyeron en el papel pese a que las digitales estaban complementadas con animaciones interactivas, videos y juegos, que en realidad desviaban la atención lejos de la narrativa.
Como resultado de un trabajo que involucró el seguimiento de una encuesta de 1.226 padres se informó que, al leer juntos, la mayoría de ellos y sus niños prefirieron libros impresos sobre los libros electrónicos. Al leer los libros de papel a sus niños de 3 a 5 años de edad, los niños podían relatar la historia de nuevo a sus padres, pero al leer un libro electrónico con efectos de sonido, los padres con frecuencia tuvieron que interrumpir su lectura para pedir al niño que dejara de jugar con los botones y recuperara la concentración en la narración. Tales distracciones finalmente impidieron comprender incluso la esencia de las historias.

Muchas personas aseguran que cuando realmente quieren centrarse en un texto, lo leen en papel. Por ejemplo, en una encuesta realizada en 2011 entre estudiantes de posgrado en la Universidad Nacional de Taiwan, la mayoría aseguró que navegaba algunos párrafos de un artículo en línea antes de imprimir todo el texto para una lectura más a fondo. Y en una encuesta realizada en 2003 en la Universidad Nacional Autónoma de México, cerca del 80 por ciento de los 687 estudiantes dijo preferir leer el texto impreso.

Encuestas e informes sobre los consumidores sugieren que los aspectos sensoriales de la lectura en papel importan a la gente más de lo que cabría suponer: la sensación de papel y tinta; la opción de suavizar o doblar una página con los dedos, el sonido distintivo de pasar una página, la posibilidad de subrayar, de detenerse y tomar nota, hacen que se elija más el papel. Para compensar este déficit sensorial, muchos diseñadores digitales tratan de hacer que la experiencia de los lectores electrónicos –en inglés, e-reader– esté tan cerca de la lectura en formato de papel como sea posible.

La composición de la tinta electrónica se asemeja a la química típica de la tinta, y el diseño sencillo de la pantalla del Kindle se parece mucho a una página en un libro de papel. Sin embargo, estos esfuerzos –que fueron replicados por su competidora Apple iBooks– hasta ahora tienen más efectos estéticos que prácticos.

El desplazamiento vertical puede no ser la forma ideal de navegar un texto tan largo y denso como en los libros de muchas páginas, pero medios como el New York Times , el Washington Post y ESPN crearon atractivos artículos, altamente visuales, que no pueden aparecer en la impresión, ya que combinan texto con películas y archivos de sonido.

Es probable que el organismo de los nuevos nativos digitales cree otras redes neuronales que les permitan preferir lo electrónico al papel, pero mientras tanto, hoy el resto de la población sigue prefiriendo el contacto con las históricas hojas.

Primer párrafo: “La invención de Morel” de Adolfo Bioy Casares

Hoy en esta isla, ha ocurrido un milagro: el verano se adelantó. Puse la cama cerca de la pileta de natación y estuve bañándome, hasta muy tarde. Era imposible dormir. Dos o tres minutos afuera bastaban para convertir en sudor el agua que debía protegerme de la espantosa calma. A la madrugada me despertó un fonógrafo. No pude volver al museo, a buscar las cosas. Hui por las barrancas. Estoy en los bajos del sur, entre plantas acuáticas, indignado por los mosquitos, con el mar o sucios arroyos hasta la cintura, viendo que anticipé absurdamente mi huida.

Esta novela fue llevada al cine por el francés Alain Resnais bajo el título de Last year at marienbad, con la cual ganó el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia de 1961.

Nunca olvidemos los consejos de Anthony Bourdain

ConfesionesHace 10 años el aclamado y mediático chef norteamericano Anthony Bourdain revelaba, en esta especie de confesión personal que fue su libro “Confesiones de un chef”, algunas historias de cocina y arremetió contra clichés y mitos del universo culinario.

Este extracto lo publicó la revista mexicana Letras Libres y me pareció oportuno sacarla del olvido para volver a disfrutarla. Esto decía Bourdain en su libro:

La buena comida, el buen comer, es cosa de sangre y de vísceras, de crueldad y descomposición. Se trata de la grasa de cerdo cuajada en sodio, apestosos quesos de triple crema, de las tiernas mollejas y los hígados distendidos de animales jóvenes. Es cosa de cuidado arriesgar las fuerzas oscuras y bacterianas de la res, el pollo, el queso o los mariscos. Puede que las primeras doscientas siete almejas Wellfleet lo hayan llevado a un estado de rapto, pero la doscientos ocho quizá sea la que lo mande a la cama con sudores, escalofríos y vómitos.

La gastronomía es la ciencia del dolor. Los cocineros profesionales pertenecen a una sociedad secreta cuyos antiguos rituales surgen de los principios del estoicismo ante la humillación, la herida, el cansancio y las amenazas de la enfermedad. Los compactos miembros de una bien aceitada cocina se parecen mucho a la tripulación de un submarino. Confinados durante sus horas despiertas a espacios mal aireados y abrasadores, es común que adquieran los rasgos de los pobres diablos que eran enrolados por la fuerza en las armadas reales de tiempos napoleónicos: superstición, desprecio por los intrusos y lealtad a ninguna bandera que no fuese la suya.

Mucho ha cambiado desde que Orwell publicara en Down and out in Paris and London sus memorias de los meses que pasó como lavaplatos. La cocina de gas y los ventiladores de escape han hecho mucho para alargar la vida de los jefes de cocina. Hoy día los aspirantes a cocinero entran a este negocio porque quieren: han elegido esta vida, han estudiado para acceder a ella. Los mejores chefs son como estrellas deportivas. Van de cocina en cocina –agentes libres en busca de más acción y más dinero.

Yo he sido chef en Nueva York por más de diez años, y diez años antes de eso fui lavaloza, ayudante, cocinero y sous-chef. Entré al negocio cuando los cocineros todavía fumaban en sus estaciones y usaban cintas en el pelo. Hace algunos años no me sorprendía escuchar el rumor que hablaba de un estudio de la población carcelaria que descubrió que la principal ocupación de los reos antes de ser detenidos era: cocinero. Como sabemos casi todos los que estamos en el negocio de los restaurantes, hay una potente variedad de criminalidad en la industria: desde el garrotero que vende mariguana por celular, hasta el restaurantero que tiene dos juegos distintos de libros contables. De hecho fue este lado oscuro de la cocina profesional lo que me atrajo en un principio. Al inicio de los setenta dejé la universidad y me inscribí en The Culinary Institute of America. Lo quería todo: las cortadas y las quemaduras en las manos y muñecas, el humor macabro en la cocina, la comida gratis, el alcohol robado, la camaradería que surge del orden estricto y un caos que acaba con los nervios. Treparía por la cadena de mando, desde mal carne (que quiere decir, “mala carne” o “novato”) hasta el trono del chef; haría lo que fuera necesario hasta tener mi propia cocina y mi propia tripulación de despiadados: el equivalente culinario de La pandilla salvaje.

Hace un año, mi más reciente y fallida misión –un restaurante de alto perfil en la zona de Times Square– quebró. Los proveedores de carnes, pescados y demás productos recibieron la noticia de que habrían de sentir el cuchillo en el cuello por culpa de uno de tantos proyectos mal planeados. Cuando los clientes llamaban para reservar mesas, una grabadora les informaba que nuestras puertas estaban cerradas. Con esa experiencia todavía fresca en la mente, empecé a considerar volverme un traidor a mi oficio.

Digamos que hoy es una noche tranquila de lunes, que usted acaba de dejar su abrigo en el elegante y remodelado Art Deco en el distrito Flatiron y que está por hincarle el diente a un grueso trozo de atún aleta amarilla sellado con pimienta o a veintiuna onzas de carne Black Angus certificada, bien cocida. ¿Qué es lo que le espera?

El especial de pescado está a buen precio y el lugar recibió dos estrellas del Times. ¿Por qué no pedirlo? Si lo que le gusta es el pescado guardado desde hace cuatro días, entonces adelante, pídalo. Así funciona esto. El chef pide sus pescados y mariscos el jueves por la noche. Llega el viernes en la mañana. Espera vender la mayoría esa noche y la del sábado, que es cuando sabe que el restaurante estará más concurrido, y probablemente termine de sacar las últimas órdenes el domingo por la tarde. Muchos proveedores de pescado no entregan en sábado, así que lo más seguro es que el atún del lunes por la noche haya estado dando vueltas en la cocina desde el viernes temprano y quién sabe en qué condiciones. Cuando una cocina está en pleno ajetreo, las condiciones ideales de refrigeración prácticamente no existen; en esa urgencia hay demasiadas aperturas de la puerta del refrigerador mientras los chefs hurgan frenéticos y mezclan el atún con el pollo, el cordero y los cortes de res. Aun cuando el chef haya ordenado la cantidad exacta para el fin de semana y haya tenido que volverlo a hacer el lunes por la mañana, la única garantía de que el producto no se vuelva desecho es que haya un chef en extremo meticuloso que se asegure de que el proveedor esté entregando pescado fresco del domingo.

Por lo general, el mejor día es el martes: los mariscos están frescos, las comidas preparadas están recién hechas y el chef, uno espera, viene relajado de su día libre. (La mayoría descansa el lunes.) Los chefs prefieren cocinar para la clientela de entresemana y no para la de fin de semana, y es más probable que ofrezcan sus platillos más creativos durante el inicio de esta. En Nueva York, los locales salen a cenar entresemana. Los fines de semana se consideran noches de amateurs: reservadas para turistas, tontos y las hordas en camino al teatro que todo lo piden bien cocido. El pescado puede que esté tan fresco como una noche de viernes pero el martes tendrá además la buena voluntad del personal.

Quienes piden sus cortes bien cocidos en realidad le están haciendo un favor invaluable a aquellos en el negocio que nos preocupamos por los costos: pagan por el privilegio de comer nuestros desechos. En muchas cocinas se hace honor a la práctica antigua del “guárdalo para el bien cocido”. Cuando uno de los cocineros se topa con un filete particularmente desagradable –correoso, lleno de nervaduras y tendones, salido de la parte más baja del lomo y quizá incluso un poco apestoso por los días de almacenaje–, lo agitará en el aire y preguntará: “Chef, ¿qué quiere que haga con esto?” En ese momento, el chef tiene tres opciones. Puede decirle al cocinero que tire tan desagradable ejemplar a la basura, pero eso significa una pérdida total, y en el negocio de los restaurantes cada pieza de comida preparada, cortada o fabricada debe producir por lo menos tres veces lo que costó originalmente para que el porcentaje de costo por alimento le cuadre al chef. O puede decidir servir ese filete a “la familia” –es decir, al personal de piso– aunque, económicamente, es lo mismo que tirarlo. Pero no, lo que hará es repetir el mantra usado por chefs ahorrativos en todo el mundo: “Guárdalo para el bien cocido.” Para él, el filisteo que pide su comida bien cocida no va a ser capaz de distinguir la diferencia entre comida y despojos.

Y luego está la gente afecta al brunch. Esta palabra es temida por todo cocinero dedicado. Odiamos los olores y las salpicaduras de los omelettes. Aborrecemos la salsa holandesa, las papas caseras, esas patéticas guarniciones de fruta y todos los demás acompañamientos clichés creados para inducir a un público crédulo a pagar 12.95 dólares por un par de huevos. Nada desmoraliza más a un aspirante a escoffier que exigirle preparar omelettes de claras o huevos fritos con tocino. Puede decorar el brunch con toda la focaccia, todo el salmón ahumado y todo el caviar del mundo, pero no dejará de ser un simple desayuno.

Los vegetarianos, sin embargo, son más despreciados incluso que la gente afecta al brunch. Los cocineros serios ven a estos comensales –y a su facción extremista al estilo Hezbolá, los veganos– como enemigos de todo lo que hay de bueno y decente en el espíritu humano. Vivir sin ternera o sin caldo de pollo, sin mejillas de pescado, embutidos, queso o vísceras es una traición.

Como a muchos de los chefs que conozco, me da risa cuando escucho a la gente oponerse a comer cerdo por razones no religiosas. “Los puercos son animales sucios”, dicen. Es obvio que estas personas jamás han ido a una granja avícola. El pollo –el alimento favorito de los estadounidenses– se echa a perder muy rápido; si no se maneja adecuadamente, infecta a los demás alimentos con salmonela, y además aburre a muerte a todo chef. Ocupa su ubicuo sitio en los menús como una opción para los clientes que no pueden decidir qué quieren comer. Muchos cocineros opinan que los pollos de supermercado son escuálidos e insípidos en comparación con las variedades europeas. El puerco, en cambio, es la onda. Los granjeros los dejaron de alimentar con basura desde hace décadas, e incluso cuando come puerco crudo usted tiene más posibilidades de ganarse la lotería que de contraer triquinosis. El puerco sabe distinto, dependiendo de lo que se haga con él; el pollo, en cambio, siempre sabe a pollo.

Otro ingrediente muy difamado en estos tiempos es la mantequilla. En el mundo de los chefs, en cambio, la mantequilla está en todo. Incluso en restaurantes que no se especializan en comida francesa –los de comida del norte de Italia, los de nueva cocina estadounidense o aquellos en que los chefs presumen que se están “alejando de la mantequilla y la crema”– usan mantequilla a manos llenas. En casi cualquier restaurante que valga la pena visitar se usa mantequilla para emulsionar y estabilizar las salsas. Con ella se compactan las pastas. Las carnes y pescados se sellan con una mezcla de aceite y mantequilla. Los ajos chalote y el pollo se caramelizan con ella. Es el primer y último ingrediente en casi cualquier sartén: a esa última pizca se le llama monter au beurre. Esto quiere decir que al comer en un buen restaurante usted puede despacharse una barra completa de mantequilla.

Si usted es una de esas personas que sienten asco al pensar en que manos extrañas tocarán su comida, no debe comer fuera. Como apuntó el exchef Nicolas Freeling en su fundamental libro The kitchen, entre más alta la calidad del restaurante, más pinchazos, picoteos, manoseos y probadas ha recibido su comida. Para cuando un equipo de tres estrellas ha terminado de cortar y transformar su rape à la nage con cerezas secas e infusión de hierbas salvajes en un pequeño Partenón o una mini Space Needle, docenas de dedos sudorosos habrán tocado cada parte del platillo. ¿Guantes? Hay una cajita de guantes de látex –en mi cocina los llamamos “guantes para examen de próstata”– en cada estación de la línea para aplacar a los inspectores de salubridad, pero ¿hay alguien que los use realmente? Sí, de pronto un cocinero se pondrá un par cuando esté trabajando con algo de olor persistente como el salmón. Pero durante las horas de servicio los guantes entorpecen y son hasta peligrosos. Cuando usas las manos constantemente, el látex hará que tires cosas y eso es lo último que quieres.

Hallar un pelo en el platillo provoca arcadas en cualquiera. Pero el único lugar en el que encontrará al equipo de cocina con una red en el pelo es en un restaurante de comida rápida. Para la mayoría de los chefs, usar cualquier cosa en la cabeza –incluso esos pintorescos tocados de papel, conocidos también como “filtros de café”– es una pesadilla: se desintegran cuando sudas, chocan contra los extractores y arden con facilidad.

El hecho es que la mayoría de las buenas cocinas son mucho menos asépticas que la cocina de su casa. Yo dirijo una cocina escrupulosamente limpia y ordenada, en la que la comida se rota, se almacena y se maneja con pulcritud. Pero si el Departamento de Salud local decidiera hacernos cumplir con cada una de sus ordenanzas, la mayoría de nosotros terminaríamos en la calle. Recientemente hubo un reportaje sobre la práctica de reciclar pan. Por medio de una cámara escondida, el reportero se horrorizó al ver que el pan no utilizado en una mesa era enviado de vuelta a una mesa nueva. Esto, para mí, no es noticia: el reúso de pan ha sido un secreto a voces –y una práctica muy común– en la industria desde hace años. Tiene más sentido preocuparse por lo que sucede con la mantequilla que se queda en la mesa: muchos restaurantes la reutilizan para hacer salsa holandesa.

¿Qué me gusta comer en mis horas libres? Cosas extrañas. Los ostiones son mis favoritos, especialmente a las tres de la mañana en compañía de mi equipo. También es buena la pizza focaccia con queso robiola y aceite de trufas blancas, especialmente en el patio de Le Madri las tardes de verano. Vodka congelado en el Siberia Bar, sobre todo si uno de los cocineros de los grandes hoteles llega con beluga. En el restaurante Indigo me encanta el estrudel de hongos y el guiso de res. En mi restaurante me gusta el boudin noir que escurre sangre en la boca, el hinojo braseado que prepara mi sous-chef, las sobras del pato confitado y los berberechos frescos cocidos con salchichas portuguesas grasosas.

Me encanta la absoluta extrañeza de la vida de cocina: los soñadores y los enloquecidos, los refugiados y los sociópatas con los que continúo trabajando; los constantes olores de huesos rostizándose, de pescado sellado y líquidos hirviendo; el ruido y el traqueteo, el silbido y el rocío, las flamas, el humo y el vapor. Hay que decirlo, es una vida que te machaca. Muchos de los que vivimos y trabajamos en el submundo culinario somos disfuncionales de algún modo fundamental. Hemos elegido darle la espalda al trabajo de nueve a cinco, a tener el viernes o el sábado libre, a lograr construir una relación normal con alguien no involucrado en la cocina.

Ser chef se parece mucho a ser un controlador de tráfico aéreo: estás lidiando todo el tiempo con la amenaza de la catástrofe. Tienes que ser mamá, papá, sargento, detective, psiquiatra y confesor para un grupo de mercenarios y hooligans oportunistas, a quienes además debes proteger de las viles y muchas veces estúpidas estrategias de los dueños. Año tras año, los chefs tienen que batallar con cheques rebotados, proveedores iracundos, dueños desesperados que están buscando esa idea genial que cure a su restaurante de todos los males: ¡Cabaret en vivo! ¡Camarones gratis! ¡Brunch al estilo Nueva Orleans!

En Estados Unidos, la cocina profesional es el último refugio para los inadaptados. Es un lugar para que las personas con pasados oscuros hallen una familia. Es un santuario para los extranjeros –ecuatorianos, mexicanos, chinos, senegaleses, egipcios, polacos. En Nueva York, la especia lingüística más común es el español. “¡Hey, maricón!, chupa mis huevos” se traduce, a grandes rasgos, como “¿Cómo estás, estimado compañero? Espero que todo vaya bien”. Y uno escucha: “¡Hey, baboso, pon más leche en el fuego y revisa tu mis antes de que el sous vaya para allá y te coja por el culo!”, que quiere decir: “Por favor reduce un poco más de demi-glace, hermano, y revisa tu mise en place, porque el sous-chef está preocupado”.

Ya que trabajamos en espacios tan cerrados, y que hay tantos objetos contundentes y punzocortantes a la mano, uno pensaría que los cocineros se matan con frecuencia. He visto gente intercambiar golpes en la estación de meseros por quedarse con una mesa para seis. He visto a un chef morderle la nariz a un mesero. Y he visto volar platos –yo mismo he lanzado algunos–, pero nunca he escuchado que algún cocinero le haya clavado un cuchillo de deshuesar a otro en las costillas, o que le haya hundido un mazo de carne en el cráneo. La línea, cuando se hace bien, es una danza: una colaboración de alta velocidad digna de Balanchine.

Yo era un terror para mi equipo, en especial durante los meses finales en mi último restaurante. Pero ya no. A últimas fechas mi carrera dio un giro extrañamente apropiado: en estos días, soy el chef de cuisine en una antigua brasserie/bistro francesa muy querida, donde los clientes comen sus cortes casi crudos, escasean los vegetarianos y cada parte del animal –manos, trompa, cachetes, piel y vísceras– se preparan y consumen con esmero y avidez. Las manitas de cerdo, el cassoulet, las tripas y la charcutería se venden como locos. Enriquecemos las salsas con foie gras y sangre de cerdo, y con orgullo embarramos cucharadas de manteca de pato y mantequilla y trozos gruesos de tocino. Preparé un tradicional pot-au-feu hace algunas semanas y algunos de mis colegas franceses –veteranos tozudos del negocio– entraron a la cocina a ver salir el primer plato. Mientras veían esa intimidante torre de costillas, cola de buey, espaldilla de res, col, nabos, zanahorias y papas, la expresión en sus rostros era la de unos suplicantes religiosos. He llegado a casa.

Todos los Premios Pulitzer de Novela

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El Premio Pulitzer de novela fue creado en 1918 a partir de las últimas voluntades del editor periodístico de origen húngaro Joseph Pulitzer, quien exigió que sólo puedan acceder al premio aquellos escritores que posean la nacionalidad estadounidense.

Estos son todos los ganadores. Téngase en cuenta que el año que se indica es el de la entrega del premio, y que la edición del libro corresponde al año anterior al premio.

2020 – The Nickel Boys – Colson Whitehead

2019 – El clamor de los bosques – Richard Powers

2018 – Less – Andrew Sean Greer

2017 – El ferrocarril subterráneo – Colson Whitehead

2016 – El simpatizante – Viet Thanh Nguyen

2015 – La luz que no puedes ver – Anthony Doerr

2014 – El jilguero – Donna Tartt

2013 – El huérfano – Adam Johnson

2011 – El tiempo es un canalla – Jennifer Egan

2010 – Vidas de hojalata – Paul Harding

2009 – Olive Kitteridge – Elizabeth Strout

2008 – La maravillosa vida breve de Oscar Wao – Junot Díaz

2007 – La carretera – Cormac McCarthy

2006 – Marzo – Geraldine Brooks

2005 – Gilead – Marilynne Robinson

2004 – El mundo conocido – Edward P. Jones

2003 – Middlesex – Jeffrey Eugenides

2002 – Empire falls – Richard Russo

2001 – Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay – Michael Chabon

2000 – Intérprete de emociones – Jhumpa Lahiri

1999 – Las horas – Michael Cunningham

1998 – Pastoral americana – Philip Roth

1997 – Edwin Mullhouse: vida y muerte de un escritor americano – Steven Millhauser

1996 – El día de la independencia – Richard Ford

1995 – La memoria de las piedras – Carol Shields

1994 – Atando cabos – Annie Proulx

1993 – A Good Scent from a Strange Mountain – Robert Olen Butler

1992 – Heredarás la tierra – Jane Smiley

1991 – Conejo descansa – John Updike

1990 – Los reyes del mambo tocan canciones de amor – Óscar Hijuelos

1989 – Ejercicios respiratorios – Anne Tyler

1988 – Beloved – Toni Morrison

1987 – Memphis – Peter Taylor

1986 – Lonesome dove – Larry McMurtry

1985 – Asuntos exteriores – Alison Lurie

1984 – Tallo de hierro – William Kennedy

1983 – El color púrpura – Alice Walker

1982 – Conejo es rico – John Updike

1981 – La conjura de los necios – John Kennedy Toole

1980 – La canción del verdugo – Norman Mailer

1979  Relatos I – John Cheever

1978 – Los dragones del edén – Carl Sagan

1976 – El legado de Humboldt – Saul Bellow

1975 – Ángeles asesinos – Michael Shaara

1974 – No hubo premio

1973 – La hija del optimista – Eudora Welty

1972 – Angle of Repose – Wallace Stegner

1971 – No hubo premio

1970 – Collected Stories – Jean Stafford

1969  La casa hecha de alba – Navarro Scott Momaday

1968 – Las confesiones de Nat Turner – William Styron

1967 – El reparador – Bernard Malamud

1966 – Cuentos completos – Katherine Anne Porter

1965 – Los guardas de la casa – Shirley Ann Grau

1963 – La escapada – William Faulkner

1962 – The Edge of Sadness – Edwin O’Connor

1961 – Matar un ruiseñor – Nelle Harper Lee

1960 – Advise and Consent – Allen Drury

1959 – Los viajes de Jaimie McPheeters – Robert Lewis Taylor

1958  Una muerte en la familia – James Agee

1956 – Andersonville – MacKinlay Kantor

1955 – Una fábula – William Faulkner

1953 – El viejo y el mar – Ernest Hemingway

1952 – El motín del Caine – Herman Wouk

1951 – La ciudad – Conrad Richter

1950 – The way west – Alfred Betram Guthrie

1949 – Guardia de honor – James Gould Cozzens

1948 – Cuentos del Pacífico Sur – James A. Michener

1947 – Todos los hombres del rey – Robert Penn Warren

1945 – Una campana para Adano – John Hersey

1944 – Journey in the dark – Martin Flavin

1943 – Los dientes del dragón – Upton Sinclair

1942 – In This Our Life – Ellen Glasgow

1940 – Las uvas de la ira – John Steinbeck

1939 – El despertar – Marjorie Kinnan Rawlings

1938 – El difunto George Apley – John P. Marquand

1937 – Lo que el viento se llevó – Margaret Mitchell

1936 – Honey in the horn – Harold L. Davis

1935 – Ahora en noviembre – Josephine Winslow Johnson

1934 – Cordero en su seno – Caroline Miller

1933 – The store – Thomas Sigismund Stribling

1932 – La buena tierra – Pearl S. Buck

1931 – Years of grace – Margaret Ayer Barnes

1930 – El muchacho que ríe – Oliver La Farge

1929 – Scarlet Sister Mary – Julia Peterkin

1928 – El puente de San Luis Rey – Thornton Wilder

1927 – Vinieron las lluvias – Louis Bromfield

1926 – El doctor Arrowsmith – Sinclair Lewis

1925 – ¡Así de grande! – Edna Ferber

1924 – The Able McLaughlins – Margaret Wilson

1923 – Uno de los nuestros – Willa Cather

1922 – Alice Adams – Booth Tarkington

1921 – La edad de la inocencia – Edith Wharton

1920 – The Magnificent Ambersons – Booth Tarkington

1919 – His family – Ernest Poole

13 consejos de escritura de Neil Gaiman

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Conocí a Neil Gaiman por su best seller American Gods y ahí me enteré que escribía desde cómics y libros infantiles hasta guiones de televisión y ficción mitológica.

Nacido en 1960 en el condado de Hampshire, Inglaterra, el escritor realizó el año pasado una Master Class en donde considera cuáles son las 13 claves de un escritor.

1. Usa mentiras para comunicar verdades
Gaiman dice que escribe, no solo porque le gusta contar historias, sino porque las usa para articular cosas que cree sobre el mundo.

Como ejemplo pone su novela Neverwhere donde exploró las historias de personas que cayeron por las grietas de la sociedad, y así pudo hablar de lo que le interesaba: la falta de viviendas.
“Si me sentara y dijera que estoy escribiendo un gran libro sobre la falta de vivienda, las únicas personas que lo leerían serían personas interesadas en un libro sobre la falta de vivienda”, dijo Gaiman.

A veces, la mejor manera de exponer la verdad incómoda es empaquetarlo en una novela de ficción.

2. Reconoce tus áreas de crecimiento
Al igual que cualquier otro escritor, Gaiman experimentó mucho rechazo al principio de su carrera. Usó ese rechazo para aprender cómo necesitaba mejorar.
Gaiman aprendió cómo escribir conflictos más fuertes en sus historias, cómo crear personajes que fueran más vulnerables y auténticos, y cómo crear historias que hicieran que los lectores siguieran pasando la página.
Hay que aprender cuales son tus huecos antes de poder llenarlos, y el rechazo es una excelente manera -aunque dolorosa- de identificar esos huecos.
3. Comience un montón de compost
Gaiman dijo: “Creo que es realmente importante para un escritor tener un montón de compost. Todo lo que lees, las cosas que escribes, las cosas que escuchas, las personas con las que te encuentras, todos pueden ir al montón de compost, y se pudrirán, y de ellos crecerán hermosas historias”.

Gran parte de su inspiración creativa proviene de fuera del mundo de la escritura. Lou Reed y David Bowie fueron dos de las mayores influencias en su trabajo, y dice que cualquier cosa puede usarse como inspiración para escribir. Todo lo que encuentres en la vida tiene el potencial de influir en tu trabajo: el diálogo escuchado en una cafetería, esa canción en la radio que no puedes sacarte de la cabeza, la escena de televisión que representa perfectamente la tensión sexual de una primera cita. No te limites sólo a las influencias de tu género.
4. Revela demasiado de ti mismo
“No estaba realmente preparado para decir algo verdadero sobre quién era. No quería ser juzgado. No quería que la gente que leía ninguna de mis historias supiera quién era o qué pensaba, ni que se acercara demasiado. Y me di cuenta de que si iba a escribir tenía que estar dispuesto a caminar desnudo por la calle”, dijo Neil Gaiman.

Cuando comiences a derramar tu auténtico yo en las páginas, comenzarás a ganar más lectores. Cada historia contiene una instantánea de su creador, y los lectores quieren una historia con personalidad y autenticidad.
5. Presta atención a la extrañeza de la humanidad.
Las personas extrañas con historias extrañas están siempre presente. Sólo hay que tomarse el tiempo de buscarlas. Grandes personajes e historias nacen de personajes verdaderos e historias verdaderas.

“La gente es mucho más interesante y extraña y más improbable que cualquier cosa que puedas inventar”. dijo Gaiman y luego agregó: “Cada pequeño detalle que puedes robar del mundo y pasar de contrabando a tu ficción es algo que hace que tu mundo sea más real para tu lector”.
6. No les digas a los lectores cómo sentirse
“Preferiría no decirte cómo sentirte por algo. Preferiría que lo sintieras. Te diré lo que sucede, y si te dejo llorando porque acabo de matar a un unicornio, no voy a decirte lo triste que fue la muerte del unicornio. Voy a matar a ese unicornio, y te voy a romper el corazón” afirmó Neil Gaiman en referencia a que muchos autores predican el Muestra, no digas. Crea emoción en la escena sin dictar emoción. Ofrece a los lectores una razón para preocuparse por los personajes y los eventos que leen, y sus emociones seguirán.
7. Saca las malas historias de tu pluma
Escribir requiere un poco de ego. Publicar es la forma implícita de un escritor de decir que cree que sus palabras valen el tiempo de leer de alguien. Pero como nos recuerdó Gaiman, a menudo aprendemos a medida que avanzamos que no somos tan buenos como creemos que somos. Y eso está bien. Escribir es sobre crecimiento, no perfección.

“Creo que como escritor, y especialmente como escritor joven, tu trabajo es sacar las malas palabras, las malas oraciones, las historias que aún no son buenas. Piensas que es una gran historia, crees que es una gran idea, piensas que es buena al menos, y puede ser, pero lo más importante es que la sacaste” afirmó Neil Gaiman

Hay que aprovechar al confianza en uno mismo. Eso dará el sentido de publicar. Pero luego cuando entra tu ego a la realidad y te dice que tu escritura todavía tiene un largo camino por recorrer.

8. Tropezar con tu voz
Cada nuevo escritor debe encontrar su voz única. Gaiman cree que desarrollar una voz personal es un resultado natural de la escritura, por lo que no hay necesidad de preocuparse por encontrar su voz. Solo escribe. “Después de haber escrito 10,000 palabras, 30,000 palabras, 60,000 palabras, 150,000 palabras, un millón de palabras, tendrás tu voz, porque tu voz es lo que no puedes evitar hacer” dijo Gaiman.

9. Crear deseos mutuamente excluyentes
“Todo es impulsado por la necesidad. Todo es impulsado por la necesidad. Y todo es impulsado por personajes que quieren cosas diferentes, y esas cosas diferentes que chocan. Y cada momento que un personaje quiere algo y otro personaje quiere algo mutuamente exclusivo y chocan, cada vez que sucede, tienes una historia “. -Neil Gaiman
Gaiman dice que los escritores inexpertos a menudo luchan por crear conflictos y tensiones en sus historias. En la vida, el conflicto es algo negativo que las personas intentan evitar o resolver rápidamente, por lo que es difícil convencer a su bolígrafo para que derrame el conflicto en la página cuando se sienta a escribir. Pero el conflicto es necesario para crear una historia convincente.
Pon a tus personajes en desacuerdo entre sí. Crea un juego de suma cero. Pocas buenas historias terminan con todos sonriendo en el telón final. Alguien necesita ganar y alguien necesita perder.
10. Dé a sus personajes “sombreros divertidos”
“Cuando tienes muchos personajes deambulando, necesitas ayudar a tu lector … Y una de las formas en que siempre me ha gustado hacer eso es lo que yo llamo ‘sombreros divertidos’ … Le das a tu personaje algo que hace que ese personaje diferente de cualquier otro personaje del libro “. -Neil Gaiman
Mi esposa y yo hemos estado viendo la serie de Showtime Billions . A mitad de la temporada 3 del programa, nos dimos cuenta de que habíamos estado confundiendo a dos personajes entre sí. Luego nos dimos cuenta de que no solo los dos actores se veían similares, sino que sus personajes tenían nombres similares: Ira Schirmer y Ari Spyros. Los nombres Ira y Ari son incluso imágenes especulares entre sí. ¡No es de extrañar que estuviéramos confundidos!
Gaiman recomienda a los escritores que “se aseguren de que cuando alguien aparece, no se parecen a nadie más, no suenan como a nadie más”.
Elija una característica definitoria para cada persona en su historia. Diferenciar a través de señales visuales, patrones de habla o rasgos de carácter memorables. Pinte descripciones vívidas para garantizar que sus lectores nunca se confundan.

11. Pregúntese: “¿De qué se trata esta historia?”
“El proceso de hacer tu segundo borrador es un proceso de hacer que parezca que sabías lo que estabas haciendo todo el tiempo”. -Neil Gaiman
Gaiman dice que siempre comienza con una idea amplia en mente para su historia, pero a menudo no sabe de qué se trata realmente la historia hasta que termina el primer borrador. En ese momento, lee lo que ha escrito y se pregunta: “¿De qué se trata esta historia?”
“La pregunta, ‘¿De qué se trata esto?’ es lo que te lleva del primer borrador al segundo borrador porque lo que estás haciendo es decir: ‘ Está bien, en cuyo caso lo que tengo que hacer ahora es reforzar la historia y eliminar esos lugares donde Estoy escribiendo cosas sobre las que no se trata la historia ‘”, dice Gaiman. “Y le proporciona un criterio maravilloso y fácil para lo que queda adentro y lo que sale”.

12. Separar los comentarios de los consejos
Es fácil confundir comentarios y consejos, pero los dos son muy diferentes. “Siempre debes recordar cuando la gente te dice que algo no funciona para ellos, que tienen razón. No les funciona, y esa es información increíblemente importante. También debe recordar que cuando las personas le dicen lo que piensan que está mal y cómo debe solucionarlo, casi siempre están equivocados. Si intentas arreglar las cosas a su manera, estarás escribiendo su historia y tienes que escribir la tuya”, expresó Gaiman.

13. Haz suficiente investigación
Gaiman aconseja a los escritores que no queden “atrapados en un vórtice de investigación” porque pueden alejarlo de su escritura. Determine la cantidad correcta de investigación para el tipo de historia que está escribiendo. Si estás escribiendo una biografía sobre Eleanor Roosevelt, deberás equivocarte al investigar demasiado tu trabajo. Pero si quieres que uno de tus personajes históricos de ficción se encuentre con Eleanor Roosevelt en una escena, entonces un enfoque de “aplastar y agarrar” probablemente funcione para tu investigación sobre la ex Primera Dama.

Eres el experto en tu proyecto. Usted determina qué nivel de investigación le dará una perspectiva precisa y representativa sobre su tema.

¿Adónde están los mayores lectores del mundo?

lectores
Los hábitos de lectura varían de país a país y para conocer a los mejores ubicados hay distintas formas de constatarlo. Una es saber qué país tiene la mayor cantidad de lectores y otra los que comprenden mejor lo que leen.

En esta carrera mundial de lectores hay datos que sorprenden.

Si empezamos por los países que tienen un alto porcentaje de lectores, los islandeses leen unos 40 libros al año, esto los convierte casi en los más lectores del mundo siendo solo superados por Finlandia con 47 libros anuales. Además, uno de cada diez islandeses publicará un libro a lo largo de su vida. Esto hace de Islandia, la mayor generadora de escritores del mundo. Si tenemos en cuenta que la capital de Islandia, Reykjavik, cuenta con 122.000 habitantes, podemos decir que solo esa ciudad tiene 12.000 autores entre su población con libros publicados en islandés como defensa del idioma. Los islandeses compran más libros per cápita que cualquier otro país del mundo.

De acuerdo al reporte de la opinión pública en la Unión Europea, el 80 % de los suecos ha leído al menos un libro en su vida y el 71,8 % lee habitualmente libros. La estadística indica que un 68 % de los finlandeses leen libros. Alemania tiene un 67 % de lectores. Los británicos, por su parte, un 61 %, y leen 2,6 libros de promedio en las vacaciones. Francia tiene un 56 % de habitantes que lee habitualmente. Un 54,9 % de los daneses también gusta de leer. Un noruego promedio lee 18 libros por año. Un alemán, 15 libros anuales.

De acuerdo con este reporte, en promedio, el 60 por ciento de los europeos ha leído al menos un libro en los últimos doce meses. Los europeos del norte leen mucho más que los del sur, un promedio de 5 libros por año.

Los españoles son los europeos que menos aprovechan el tiempo libre del verano para leer. España se sitúa en la cola del ranking con una media de 1,7 libros leídos durante las vacaciones, por debajo de la media europea que es de dos libros por persona.

De acuerdo a la OCDE, Finlandia encabeza la lista de los que mejor entienden lo que leen, seguido por Canadá (donde promedio de lectura per cápita es de 28 libros por año, el más lector de América), Nueva Zelanda, Australia, Irlanda, Corea del Sur, Reino Unido, Japón, Suecia, Austria, Bélgica, Islandia y Noruega.

Pero hablar del porcentaje de lectores que tiene un país y de la calidad de comprensión de lectura no lo dice todo. Para demostrarlo, están los reportes de la UNESCO.

Según la UNESCO, Japón tiene el primer lugar en el hábito de la lectura. El 91 % de la población está acostumbrado a leer habitualmente (libros, periódicos, revistas informativas, deportivas, de música, de mangas). Por ejemplo, un japonés leerá en un año entre 46 y 47 libros. Corea del Sur tiene un 65% de su población que tiene hábitos de lectura.

El panorama en Europa no es tan bueno para todos. La Federación de editores de España dio a conocer que el 46.5 % de los españoles nunca lee, y según el Eurobarómetro, los índices más bajos de lectura en Europa se observan en Portugal, con 32 por ciento de personas que no leen, y en Grecia, con el 45 por ciento que nunca tomaron un libro en su vida.

Menos lectores en América
Según datos de la Asociación Nacional de la Educación de Estados Unidos (NEA), el 57 % de la población norteamericana acostumbra a leer contra un 26.5 % de los latinos que viven en Estados Unidos.

Pero más de una tercera parte de la población norteamericana tiene problemas de lectura, a tal grado que se estima que 60 millones de norteamericanos son analfabetos funcionales.

Por su parte, algunos países de América Latina tienen índices más bajos de lectura, como: Brasil, con 14.8 % de lectores y Colombia, con 37 %.

En Argentina cuatro de cada diez personas dicen haber leído de uno a tres libros en los últimos seis meses; el 15,5 % entre cuatro y cinco y el 11 % de seis a diez. Solo el 5,1 % de la población leyó más de diez. Pero el 27,2 % de los argentinos admitió no haber abierto ni una sola página en el mismo período. El promedio general en el país dice que se leen 3,5 libros en seis meses, es decir un libro cada dos meses aproximadamente.

En la Argentina un alumno lee en promedio menos de medio libro por año. En Estados Unidos, obligatoriamente un alumno de 8º año lee entre 6 y 7 libros por año.

En México, según la última encuesta nacional de lectura, el 85 % de los mexicanos no lee ni siquiera un libro al año. La UNESCO asegura que solamente el 2,8 % de los mexicanos tiene un real hábito de la lectura.

Una persona que lee es más crítica consigo misma y con la sociedad en la que vive. Una sociedad en que se lee es más exigente y por lo tanto tiene más capacidad para progresar.

Desde el año 2001, la UNESCO otorga anualmente el nombramiento de ‘Capital Mundial del Libro’ a aquella ciudad que, por la calidad de su industria editorial y el fomento a la lectura, se lo merece y no porque sea el que más lectores tenga.

La celebración se hace cada el 23 de abril conmemorándose el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor. Las ciudades elegidas hasta este año fueron: Kuala Lumpur (2020), Sharjah (2019), Atenas (2018), Conakry (2017), Breslavia (2016), Incheon (2015), Port Harcourt (2014), Bangkok (2013), Erevan (2012), Buenos Aires (2011), Liubliana (2010), Beirut (2009), Amsterdam (2008), Bogotá (2007), Turín (2006), Montreal (2005), Amberes (2004), Nueva Delhi (2003), Alejandría (2002) y Madrid (2001).