La historia de la inflación en Argentina año por año

100mil

Juan Perón
1947: 15%
1948: 19%
1949: 34%
1950: 22%
1951: 50%
1952: 19%
1953: -0.7%
1954: 16%
1955: 7.5%

Pedro Aramburu
1956: 16.7%
1957: 25.6%
1958: 50.7%

Arturo Frondizi / José María Guido
1959: 101.6%
1960: 18.5%
1961: 16.4%
1962: 30.7%
1963: 23.8%

Arturo Illia
1964: 18%
1965: 38%
1966: 30%

Juan Carlos Onganía / Alejandro Lanusse
1967: 27.4%
1968: 9.6%
1969: 6.7%
1970: 22%
1971: 39%
1972: 64%
1973: 44%

Juan Perón / Isabel Perón
1974: 40%
1975: 335%

Jorge Videla / Roberto Viola / Leopoldo Galtieri / Reynaldo Bignone
1976: 347%
1977: 160%
1978: 170%
1979: 140%
1980: 88%
1981: 131%
1982: 210%
1983: 434%

Raúl Alfonsín
1984: 688%
1985: 385%
1986: 82%
1987: 175%
1988: 388%
1989: 4624%

Carlos Menem
1990: 1334%
1991: 84%
1992: 17.5%
1993: 7.4%
1994: 3.9%
1995: 1.6%
1996: 0.1%
1997: 0.3%
1998: 0.7%
1999: -1.8%

Fernando De la Rúa
2000: -0.7%
2001: -1.5%

Eduardo Duhalde
2002: 40.9%

Néstor Kirchner
2003: 3.7%
2004: 6.1%
2005: 12.3%
2006: 10.7%
2007: 22.0%

Cristina Fernández de Kirchner
2008: 23.0%
2009: 14.7%
2010: 27.0%
2011: 22.8%
2012: 27.0%
2013: 28.0%
2014: 37.0%
2015: 26.9%

Mauricio Macri
2016: 40.1%
2017: 24.8%
2018: 47,6%
2019:

Las 12 señales de alerta del fascismo según Umberto Eco

umberto-eco

El filósofo italiano Umberto Eco difundió las doce síntomas de alerta cuando el fascismo empieza a ganar terreno en la política.

1. Utilización del miedo a lo diferente
La estigmatización de minorías que no encajan exactamente en el arquetipo de “ciudadano medio” que permite reforzar la idea de identidad nacional, que puede servir para reivindicar cualquier objetivo político.

2. Control y represión de la sexualidad
El control de la sexualidad, en especial de la femenina, es un sistema propagandístico que además permite reprimir minorías, ya sea a partir de su orientación sexual o por el modo en el que se concibe lo sexual y afectivo.

3. Oposición sistemática a la más mínima crítica
El rechazo total a las críticas permite hacer y deshacer cualquier clase de iniciativas sin tener que dar explicaciones ni rendir cuentas ante nadie.

4. Valoración de la fuerza y la acción por encima del intelecto
La desconfianza hacia lo intelectual hace que el pensamiento crítico del país quede herido de muerte. Se considera que la razón es una manera de encubrir intereses basados en la razón y que, por consiguiente, es una pérdida de tiempo.

5. Apelación constante a una amenaza que no desaparece
Estar todo el tiempo apelando a una amenaza eterna permite introducir el estado de excepción, gracias al cual el partido político puede incumplir la legalidad vigente “por el bien del pueblo”. Los casos de terrorismo de estado son un claro ejemplo de esto.

6. Uso de discursos de vocabulario sencillo y basado en tópicos
La utilización de palabras con significado muy amplio permite producir discursos que, pese a que parecen muy claros, no contactan con la realidad. Normalmente el único mensaje que se da tiene que ver con las ideas más impactantes, como quién tiene la culpa de algo o la actitud que el partido va a tener frente a un hecho, pero no se concreta demasiado.

7. Ridiculización de lo innovador o novedoso
Todo aquello que se separa del modo tradicional de ver el mundo es rechazado y ridiculizado como si fuese una distracción, una mentira o un pasatiempo banal.

8. Énfasis en la importancia de la tradición y la identidad nacional
Apelar constantemente a la identidad de un pueblo y a la tradición es una manera fácil de reivindicarse como el espejo “natural” de la voz de ese colectivo. No hace falta proponer políticas que beneficien a la mayoría, simplemente se utilizan los símbolos, los iconos y las costumbres como piezas de la propaganda.

9. Llamamiento constante a una clase social descontenta
Esta no es una característica que de por sí defina al fascismo, ya que el populismo lo hace permanentemente. Sin embargo, el fascismo se reivindica como la única voz de esa parte de la población, como si en ella no existiese la pluralidad.

10. Utilización de un líder carismático que representa al pueblo
El líder es el reflejo del pueblo, y como tal habla en su lenguaje y trata de expresar las mismas preocupaciones que el estereotipo de la parte de la población a la que apela. Sus decisiones personales y sus gustos y preferencias son tomadas como un asunto público, ya que es la encarnación de la voluntad popular.

11. Búsqueda constante de culpables externos
Culpar de todo a quien está fuera del sistema de propaganda y no se puede defender permite desplazar la atención sobre los fallos del partido o, si quedan revelados, se muestran como equivocaciones dadas en la lucha contra un mal mayor.

12. Apelación constante a la voluntad del pueblo
Se intenta apropiarse de las reivindicaciones populares haciendo que pasen a lo institucional y allí se disuelvan y se confundan con los objetivos políticos de los líderes del movimiento fascista.

¿Necesitamos las redes sociales?

El crecimiento de las redes sociales después del 2010 fue sideral. Cambió nuestras forma de comunicarse y, casi, nuestras vidas.

La mayoría contamos con más de un perfil social: mínimo uno personal y otro profesional, pero si bien el término red social parece nuevo nació en 1994 con Geocities, un servidor que alojaba gratuitamente páginas webs (que no podían superar los 5 MB) que representaban una ciudad con diversos barrios. En función a la web que creaba el usuario elegía donde “vivir”. La compró Yahoo por U$S 4000 millones y la cerró 10 años después.

En 1995 aparece Classmates, un sitio con el objetivo de poder encontrar a excompañeros de colegio o universidad. En 1997 llega SixDegrees, que permitía crear un perfil social y una lista de amigos, algo muy similar a las actuales redes sociales. Su nombre deriva del cuento escrito en 1929 por el escritor húngaro llamado Frigyes Karinthy, quien basó la trama de un breve cuento titulado Chains, en la siguiente idea: partiendo de un pequeño número de contactos se puede ir construyendo una cadena de crecimiento exponencial que puede llegar a unir a la humanidad entera. Esta fue la base que más tarde el sociólogo Duncan Watts desarrolló como Teoría de los seis grados y que, según esta teoría, una persona independientemente del lugar del planeta en el que viva, está conectada a otra a través de una red de conocidos que no superan los cinco intermediarios.

Con el año 2000 el usuario deja de ser pasivo y se convierte en protagonista. Es el furor de los blogs, donde las personas son creadoras de contenido y le permite a cualquiera los 15 segundos de fama que había prometido Andy Warhol.

El 2003 trae la primera gran revolución: MySpace. Una red social que permite crear un perfil completo con información personal, gustos e intereses, además de la posibilidad de compartir fotos y música, y de esta manera conocer gente afín. Ese mismo año llega LinkedIn. Creada como una red de negocios profesional que hoy tiene 500 millones de usuarios y fue adquirida por Microsoft en 2016 por U$S 26.200 millones.

Llegamos al 2004 y el Messenger de Microsoft está en su máximo apogeo, pero también llega un muy, ¿demasiado?, jóven Mark Zuckerberg, y funda Facebook rompiendo los paradigmas con una propuesta sencilla: interactuar con ‘amigos’ compartiendo tus actividades cotidianas mediante fotos y mensajes en el ‘muro’. Esto se adapta a diversos idiomas y se convierte en global. 15 años después Zuckerberg posee Facebook, WhatsApp, Messenger e Instagram y parece que, por ahora, su poder es ilimitado.

En el 2005 empiezan la segmentación en función a su utilidad. Nace Youtube, como una plataforma para compartir vídeos. En 2006 llega Twitter, con el concepto de red de microblogging que provoca hechos que quedarán en la historia, como la Primavera Árabe. 2009 la fotografía es el nuevo boom y Pinterest e Instagram son las nuevas estrellas.

RedesSociales

En busca del tiempo perdido 

Marcel, el joven hipersensible protagonista de la obra de Marcel Proust quiere ser escritor, sin embargo las tentaciones mundanas lo desvían de ese objetivo.

Al personaje del libro lo desvían las tentaciones mundanas; a nosotros, las redes sociales que no descansan. El tiempo que nos tomamos para gestionar en las redes sociales, por ejemplo nuestras vacaciones, nos quita muchísimo tiempo de actividad para otras cosas.

Los estudios indican que usuarios, hombres y mujeres de 16 a 65 años, pasamos más de una hora y media por día usando Whatsapp; otra hora y media escuchando Spotify; 1 hora 20 minutos viendo YouTube; 1 hora en Facebook, otra hora en Instagram y 45 minutos en Twitter. Por supuesto no todos estamos en todas las redes, pero el promedio de tiempo en cualquier país occidental es similar.

Ahora bien, ¿Es un cambio radical de hábitos que revolucionó todos los sectores?, o ¿Estamos abusando de su uso justificando que lo hacemos para el trabajo?

Ya hay gurúes que te dicen cómo optimizar el uso y tu tiempo en las redes, y si consideramos que han aparecido nuevas enfermedades psicológicas causadas por las redes sociales, deberíamos detenernos a reflexionar para qué las usamos.

Las enfermedades psicológicas empezaron con el síndrome de la llamada imaginaria. Yo lo sufrí, y hasta el 70% de los usuarios de móviles lo han sufrido alguna vez. Es creer o alucinarte que el móvil sonó o vibró y en realidad no lo había hecho y, en mi caso ni siquiera lo tenía conmigo en ese momento. Los especialistas dicen que ante el aumento del estrés, el cerebro asocia cualquier vibración o impulso que recibe, con el teléfono móvil.

Con el tiempo se fueron agregando otras psicopatías como la nomofobia que es la angustia o ansiedad causada por olvidar o no tener acceso al celular, lo que nos lleva a no poder acceder a las redes sociales.

También hay gente que se deprime porque tienen muchos o pocos contactos o seguidores en las redes sociales. Existe la depresión del Facebook, que sucede cuando se pasa mucho tiempo etiquetando fotos, escribiendo sobre acontecimientos agradables de terceros y alabando a los amigos, pero después se deprimen por su propia vida cotidiana.

La adicción a estar conectado todo el tiempo suele afectar seriamente la vida privada y social de los adictos y su entorno, lo mismo que la dependencia a los juegos en línea. En ambos casos hay tratamientos de 12 pasos similares a los de alcohólicos anónimos.

Otro problema más nuevo es el llamado Efecto Google, donde nuestro cerebro se niega a recordar algún dato sabiendo que podemos acceder de inmediato al mismo mediante el buscador.

Después hay enfermedades tradicionales como la hipocondría que se agrava ante la posibilidad de encontrar nuevas y extrañas enfermedades en internet y potenciar la creencia que las padecemos.

 

¿Las necesitamos?

Pese a que nos digan lo contrario, no necesitamos redes sociales para todas las cosas que nos dicen que necesitamos.

No las necesitamos para hacer amigos o construir relaciones.

No las necesitamos para ser activos o comprometidos con la política.

No las necesitamos para explorar nuestras ciudades o encontrar nuevas cosas que hacer.

No las necesitamos para tomar un taxi, un bus o volar en un avión.

No las necesitamos para escuchar música nueva o leer libros nuevos.

No las necesitamos para hacer nuestras compras.

No las necesitamos para descubrir subculturas o grupos afines o para apreciar el buen diseño.

No las necesitamos para planear nuestras vidas.

Sin embargo, voy a utilizar las redes sociales para que en tiempo real, a nivel global, y de manera gratuita pueda difundir este artículo y conseguir más seguidores.

La viveza, entre la inteligencia y la estupidez.

marco deneviEl destacado dramaturgo y escritor argentino Marco Denevi (1922-1998) escribió el siguiente texto en algún momento de los años noventa. Considerando la nueva crisis que vive la Argentina me parece que no ha perdido nada de vigencia pese a los más de veinte años transcurridos.

Frente a un problema concreto, la reacción mental del hombre inteligente es dinámica: buscará el camino de la solución, a menudo a través de exploraciones, de asedios desde distintos flancos, de razonamientos abandonados en un punto y recomenzados en otro, hasta encontrar la salida.
En latín, salida se dice “exitus”, que los ingleses tradujeron por “exit”. La inteligencia conduce al éxito.
Aquel mismo idioma, madre del nuestro, cuyo estudio hoy les parece superfluo a algunas autoridades universitarias, tiene un verbo “stupere”, que significa quedarse quieto, inmóvil, paralizado y en sentido traslaticio, mentalmente detenido como delante de un cartel que dijera “Stop”. De aquí deriva la palabra “estúpido”: hombre que permanece entrampado por un problema sin atinar con la salida, aunque a veces adopte la agitación convulsa de una mariposa encandilada por una luz muy fuerte o los movimientos desesperados de un animal dentro de una jaula.
Hablo siempre de lo ocurre en la mente.
Las dos únicas reacciones del estúpido serán la resignación o la violencia: dos falsas salidas, dos fracasos. Salvo casos patológicos, todos somos inteligentes frente a un tipo de problemas, y estúpidos respecto a otros tipos de problemas.
Pero nuestra inteligencia y nuestra estupidez no dependen de nuestra moral. Hay inteligentes moralmente canallas, y hay estúpidos moralmente intachables.
Cuánto deben la inteligencia y la estupidez a los genes, y cuánto a la educación (digamos la gimnasia), es un asunto que dejaré de lado para que no me usurpe todo el espacio del que dispongo.
Pero no querría pasar por alto un dato: sin el auxilio del intelecto (esto es la capacidad de análisis crítico del problema), y sin la posesión de conocimientos relacionados con ese problema y adquiridos por experiencia propia, o por revelación ajena, la pura inteligencia que acumule conocimientos no sabe qué hacer con ellos. Y no es raro que un intelectual ducho en el análisis crítico, sea incapaz de hallar soluciones.
El desarrollo en un mismo individuo de la inteligencia, del intelecto y de los conocimientos bien puede llamarse sabiduría, si no en la aceptación teísta que le dan las escrituras, por lo menos como tributo humano susceptible de adquisición o pérdida.
Con alguna frecuencia, la realidad nos pone, de momento, mentalmente paralíticos.
Es cuando decimos que estamos estupefactos, lo cual significa “estar hechos unos estúpidos”.
La inteligencia, si la tenemos, vendrá a rescatarnos de esa pasajera estupidez, que por no ser insalvable, se llama estupefacción.
Situada a mitad de camino entre la inteligencia y la estupidez, está la “viveza”, capaz de producir acciones en cualquier dirección, excepto hacia la salida del problema.
Este es su secreto: la fórmula intrascendente que le permite ponerse a salvo y resguardo de la humillación y desprestigio que se sufren en la estupidez.
La viveza, creo yo, es la habilidad mental para manejar los efectos de un problema sin resolverlo.
La persona dotada de viveza no ejercita la inteligencia, sino un sucedáneo apto para entenderse con las consecuencias prácticas del problema, pero no con la sustancia del problema.
En otras palabras, el vivo se mueve mentalmente en procura de cómo eludir los efectos de los problemas, cómo volverlos beneficiosos para él, o lo peor de todo, cómo desviarlos en perjuicio de un tercero.
La viveza, entonces, se conecta imprescindible e irrenunciablemente con la moral.
Sin el concurso del egoísmo no resulta posible ser vivo, y para echarle el fardo al prójimo sin que éste se resista, es menester cierto grado de inescrupulosidad, y hace falta practicar algún género de fraude, siquiera verbal.
Observado durante un corto plazo, el vivo da la impresión de haber obtenido el éxito, de ser inteligente: se desplaza entre los problemas sin padecer las consecuencias, o mejor aún, sacándoles provecho.
Pero el flujo de los efectos del problema es ininterrumpido, por lo que el vivo no puede entregarse a los ocios y recesos de la inteligencia. De ahí que se los puede calificar de “despiertos”.
Aparentan una brillantez mental que engaña a las miradas superficiales.
El inteligente, como está armando sus estrategias para resolver el problema, parece amodorrado y en comparación con el vivo, un tanto estúpido.
Cuanto más complejo sea el problema, mas exigirá al inteligente paciencia y esfuerzo, más lo someterá al silencioso y tedioso análisis crítico, y al repaso constante de sus conocimientos.
La viveza no puede permitirse estas demoras.
Los efectos prácticos del problema no esperan mucho tiempo para hacerse sentir, de modo que el vivo está obligado a la rapidez, y consecuentemente a la improvisación de sus métodos, generalmente empíricos.
Otra vez el inteligente en comparación con el vivo parecerá lento y hasta torpe.
Si los efectos del problema por magnitud o complejidad sobrepasan las posibilidades de ser eludidos por la viveza, el vivo resulta acorralado como un estúpido, y no sucumbiendo a la resignación o la violencia, no confesará jamás su fracaso, buscando algún chivo emisario en quien cargar las culpas.
En todas las sociedades conviven los inteligentes, los vivos y los estúpidos en proporciones distintas para cada una de ellas.
Para Borges, entre los italianos y judíos no hubo nunca ningún estúpido. Exageraba, a no dudarlo.
Pero imaginemos ahora un país ficticio donde, por razones genéticas o históricas, los vivos sean mayoría.
Esbozaré la novela de lo que en ese país imaginario podría ocurrir.
Puesto que son mayoría, unos vivos ocuparían el gobierno. Y otros vivos los eligen.
Estos vivos que eligen con el concurso de los estúpidos, incapaces de solucionar los problemas del país, los transferirían a los elegidos.
Estos como vivos que son, se dedicarán a lo suyo, o sea ponerse a salvo de los efectos de los problemas, sacarles provecho o desviarlos a otros terceros, así éstos sean vivos, inteligentes o estúpidos.
Durante un tiempo, los estúpidos parpadearán de catatonía mental. Los inteligentes se sentirán más marginados. Y los vivos tratarán de imitar a los gobernantes.
Mientras tanto los problemas sin resolver se acumulan, se multiplican, se
potencian, y se superponen.
Hasta que fatalmente llega el día en que los problemas acumulados forman una
pared compacta con un cartel que dice:
“¡Stop, no va más!”.
Es aquí donde la sociedad se detiene y paraliza y los estúpidos, si no se resignan, se vuelven violentos.
Los inteligentes toman las valijas y huyen, y los vivos corren de efecto en efecto, vendando aquí, remendando allá, y emparchando más allá.
Dejan los bofes en este desesperado trajín por entre el caos sin control.
Y para disimular su impotencia recurren a los fantasmas de los chivos expiatorios internos y externos, y a un lenguaje esquizofrénico que, disociado con la realidad circundante, seguirá pronunciando aquellos discursos con los que alguna vez embaucaron a la estupidez.
Estúpidos de brazos cruzados o de brazos armados, inteligentes en ese país ficticio caído al pie del ominoso “stop”: no habrá para vuestro país otra salvación posible que no sea “¡la inteligencia al poder!”.

Salvo que todos los inteligentes hayan huido, hipótesis altamente improbable, la novela podría tener un final feliz.

La vigencia de Ayn Rand

randNacida bajo el nombre de Alisa Zinovievna Rosenbaum en San Petersburgo en 1905, se la conoce como Ayn Rand.

Su obra maestra, “La Rebelión de Atlas”, le llevó once años escribirla y es considerada después de la Biblia como el libro mas influyente en los Estados Unidos, de acuerdo a una encuesta realizada a fines de los años ochenta.

Sus frases nunca fueron políticamente correctas porque siempre estuvieron a contrapelo de las modas. Como ejemplo dejo esta contundente frase que parece escrita esta semana:

“Cuando usted advierta que para producir necesita obtener autorización de quienes no producen nada; cuando compruebe que el dinero fluye hacia quienes no trafican bienes, sino favores; cuando perciba que muchos se hacen ricos por el soborno y por influencias más que por el trabajo; que las leyes no lo protegen a usted contra ellos, sino que, por el contrario, son ellos los que están protegidos contra usted; cuando repare que la corrupción es retribuida y la honradez se convierte en un inútil sacrificio, entonces podrá reconocer que esa sociedad está condenada”.