
Algunas personas sostienen que los mitos son necesarios y, con esa idea, justifican su fabricación. Toman personajes históricos y los convierten en figuras casi religiosas: las religiones, en este sentido, serían mitos ya consolidados.
El problema aparece cuando alguien, desde un supuesto lugar de cultura o pensamiento, decide fabricar un mito por encargo para que otros lo consuman. Quien presencia ese proceso difícilmente crea en él: puede creer en una religión heredada, pero ver cómo un mito se diseña en un laboratorio lo acerca más al marketing que a una convicción genuina.
El paso para crear un mito es:
Se produce una película.
Se organiza un festival musical.
Se empapela la ciudad con afiches.
Se multiplican los programas de televisión.
Se construye una biografía heroica.
Se agregan martirio y sacrificio.
Así se instala la figura del héroe o del mártir: alguien que habría muerto por una causa o por el pueblo. De ese modo, el mito queda construido
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NACIONALISMO Y RELATO DE PÉRDIDA
Después aparece el nacionalismo. Se invoca a la patria como si fuera una figura sagrada e intocable: “¡Viva la patria!”, “con la patria no se juega”. Ese recurso suele ser eficaz; históricamente, les ha servido a dirigentes muy distintos entre sí.
Junto con esa consigna aparece otra: “nos robaron”. En esa fórmula cabe todo: el mundial, la pelea, los ferrocarriles, el petróleo, las islas, la industria, las ideas o el intelecto. El relato argentino, visto así, se organiza muchas veces alrededor de una escena de despojo permanente.
Desde esa experiencia personal —con raíces catalanas, españolas e indígenas— me surge una mirada crítica sobre el nacionalismo, percibido como una idea empobrecida y aberrante frente a la apertura y la fascinación por el mundo.
DOLOR Y CULPA COMO USO POLÍTICO
En la Argentina, la tragedia y la muerte han sido utilizadas con frecuencia por los líderes políticos como herramientas de legitimación. A partir del dolor aparecen preguntas acusatorias: si no se acompaña cierta causa, entonces se es insensible, cómplice o traidor.
Así se impone una lógica binaria: o se está con el poder o se pertenece al campo enemigo. Cuando todo se reduce a lealtad o traición, el pensamiento se empobrece. Ya no hay debate real; solo queda la adhesión automática.
AUTORITARISMO, MIEDO Y AUTOCENSURA
Buena parte de la historia argentina ha transcurrido bajo dictaduras militares o liderazgos egocéntricos y mesiánicos. En ese contexto, el discurso salvador —la promesa de defender la patria, la religión o algún valor supremo— se vuelve recurrente.
Pero no puede haber debate sin libertad, ni libertad sin personas dispuestas a ejercerla. Cuando ciertos poderes generan climas enrarecidos, aparece el miedo y, con él, la autocensura. Entonces surgen los rodeos, los preámbulos y las fórmulas defensivas: “No quiero ofender, pero…”. A mayor autocensura, mayor deterioro del intercambio público.
UNA RESPUESTA POSIBLE
Frente a ese panorama, la mejor respuesta sería estudiar, leer y desconectarse del ruido. Volver al lápiz, al cuaderno y a las horas de silencio; tomar distancia de la militancia entendida como pogo, de la obediencia automática y de todo aquello que impide pensar con autonomía.








