Primer párrafo: «El libro de las ilusiones» de Paul Auster

«Todo el mundo creía que estaba muerto. Cuando se publicó mi libro sobre sus películas, en 1988, hacía casi sesenta años que no se tenían noticias de Hector Mann. Salvo un puñado de historiadores y aficionados al cine mudo, pocos parecían conocer siquiera su existencia. Todo o nada, la última de las doce comedias breves que realizó a finales de la época muda, se estrenó el 23 de noviembre de 1928. Dos meses después, sin despedirse de amigos ni conocidos, sin dejar una nota ni informar a nadie de sus planes, salió de la casa que tenía alquilada en North Orange Drive y no se le volvió a ver más.»

Conversación entre Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato

Sábato: Perdone pero me quedé tocado por esa frase que usted citó. Recordemos las cosas feroces que se hicieron en nombre del Evangelio. Y las atrocidades que hizo Stalin en nombre del Manifiesto Comunista.
Borges: ¡Qué extraño! Nada de eso ha ocurrido con el Budismo.
Sábato: (Con tono escéptico) Pero dígame, Borges, ¿a usted le interesa el budismo en serio? Quiero decir como religión. ¿O sólo le importa como fenómeno literario?
Borges: Me parece ligeramente menos imposible que el cristianismo (ríen). Bueno, quizá crea en el Karma. Ahora, que haya cielo e infierno, eso no.
Sábato: En todo caso, si existen, deben ser dos establecimientos con una población muy inesperada. Por un instante las risas se confunden con las palabras. Los dos se divierten.
¿Y que opina de Dios, Borges?
Borges: (Solemnemente irónico) ¡Es la máxima creación de la literatura fantástica! Lo que imaginaron Wells, Kafka o Poe no es nada comparado con lo que imaginó la teología. La idea de un ser perfecto, omnipotente, todopoderoso es realmente fantástica.
Sábato: Sí, pero podría ser un Dios imperfecto. Un Dios que no pueda manejar bien el asunto, que no haya podido impedir los terremotos. O un Dios que se duerme y tiene pesadillas o accesos de locura: serían las pestes, las catástrofes.
Borges: O nosotros. (Se ríen.) No sé si fue Bernard Shaw que dijo: God is in the making, es decir: «Dios está haciéndose».
Sábato: Es un poco la idea de Strindberg, la idea de un Dios histórico. De todas maneras las cosas malas no prueban la inexistencia de Dios, ni siquiera la de un Dios perfecto. Usted acaba de insinuar que cree más bien en los budistas. Si un niño muere, de modo aparentemente injusto, puede ser que esté pagando la culpa de una vida anterior. También es posible que no entendamos los designios divinos, (que pertenecen a un mundo transfinito), mediante nuestra mentalidad hecha para un universo finito.
Borges: Eso coincide con los últimos capítulos del libro de Job.
Sábato: Pero dígame, Borges, si no cree en Dios ¿por qué escribe tantas historias teológicas?
Borges: Es que creo en la teología como literatura fantástica. Es la perfección del género.

La arquitectura como reflejo de la sociedad

El fotógrafo alemán Michael Wolf se mudó a Hong Kong y le resultó alarmante la cantidad de edificios, que para los locales es normal pero para el resto del mundo resulta algo alarmante y hasta abrumador.

Tras la experiencia de nunca poder ver en qué punto empieza o termina un edificio, el espectador no puede saber con exactitud su tamaño. Por eso, decidió poner el foco en estas construcciones y presentar su exposición ‘Architecture of Density’.

Borges, el palabrista, en 68 frases

«A mi me interesan mucho las palabras, como muy bien puede haberse dado cuenta», dijo Jorge Luis Borges a un periodista que lo entrevistaba.

Las siguientes frases fueron extraídas del libro Borges, el palabrista del periodista Esteban Peicovich, quien las recopiló de diversas entrevistas al escritor publicadas en diversos diarios y revistas del mundo.

«Es increíble cómo una cultura que se desarrollaba con juegos de ajedrez, haya degenerado en juegos tan vulgares como el fútbol».

«Yo hubiera querido ser andaluz. Lo que nunca habría sido es ser catalán: Los odian en España y entre los franceses se nota enseguida que son unos impostores».

¿»‘La Cumparsita’? Esa es una pamplina consternada que les gusta a los argentinos porque les mintieron que es vieja».

«Durante una jornada se pasa del Paraíso al infierno, del Infierno al Purgatorio, del Purgatorio al Limbo, del Limbo al Paraíso, del Paraíso otra vez al Infierno».

«Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho que fomentan la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de líderes, vivas y mueras prefijados, muros exornados de nombres, ceremonias unánimes, la nueva disciplina usurpando el lugar de la lucidez… Combatir esas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor».

«Yo siempre fui antifascista. En los tiempos del nazismo, cuando había tantos fascistas y nazis en Buenos Aires, yo condené a Mussolini y a Hitler, cuando muchos no hablaban. En aquellos tiempos prologué el libro ‘Mester de Judería’ de Grinberg. No entiendo cómo me pueden calificar de fascista. Yo nunca dije que los gobiernos militares fueran mejores o cosa parecida. Dije que el caos producido en la Argentina durante el gobierno de Isabel Perón, era lo único que podía suceder. Todos sabemos que es así. Y así lo digo. La gente quiere suponer que soy indiferente o que habito en una torre de marfil. Nunca hubo tal cosa, es totalmente falso. Durante el peronismo todos sabían que yo era opositor. Nunca ataqué al sindicalismo, sino a los sindicalistas ladrones. Y nadie duda que lo eran».

«Yo comparto lo que decía Stevenson: ‘Un libro tiene muchas cualidades. Pero hay una sin la cual todas son inútiles. Esa cualidad es el encanto’. Cuando usted lee un libro debe percibir ese encanto. Por ejemplo, en un cuento que acabo de leer para un concurso -un cuento bastante bueno, por otra parte- al autor se le ha ocurrido, porque sí, que uno de sus personajes vomite. Con eso ha perdido todo el encanto. El vómito no es muy encantador en la realidad. Pero ese autor no ha podido resistir el placer de un vómito, de un vómito escrito. Además, hoy en día, existe una costumbre muy pueril, que parece de colegiales de cuarto grado: el uso de la mala palabra».

«Generalmente, cuando se dice de una persona que es inteligente, lo que se quiere decir es que es ocurrente, esto es, que tiene algo que decir sobre un tema inmediatamente. Pero esa persona puede no ser inteligente, ya que la inteligencia puede ser lenta. ¿Si yo soy inteligente? Si me dan algunos años, soy inteligente. Si me hacen la pregunta en forma inmediata, soy más bien estúpido».

«Creo que ‘ser feliz’ es algo muy raro, ocurre muy pocas veces. La felicidad se encuentra generalmente en el pasado y esto es, por supuesto, una forma de desdicha permanente».

«El libro es ese instrumento sin el cual no puedo imaginar mi vida y que no es menos íntimo para mi que las manos o que lo ojos».

«Creo en el hombre, sobre todo si está solo consigo mismo. Soy escéptico ante los grupos humanos, los países, las razas y todas esas tonterías. Decir ‘la especie humana’ es decir una abstracción que no dice nada. ¿Qué es la especia humana? Creo que todos los individuos son distintos entre sí. Y además tienen el derecho y la obligación de serlo. Eso, por una parte. Por otra, la gente cambia a cada momento. Uno nunca sabe cuándo una persona va a pensar distinto a como pensaba el minuto anterior. ¿Cómo va entonces uno a encasillarse en un grupo, en un sistema político, en una misma actitud frente a la vida».

«Federico García Lorca me parece un poeta de utilería. Ciertamente la muerte lo favoreció. Creo que, en definitiva, sólo sirvió para que Machado escribiera un poema admirable».

«Gracián me parece una caricatura de Quevedo. Gracián es muy frío, prácticamente glacial. Llamar a las estrellas ‘gallinas de los prados celestiales’, por ejemplo, es imperdonable, ¿no le parece a usted? Creo que Gracián es una superstición alemana en cierto modo, y que Schopenhauer lo admiraba mucho porque lo entendía poco».

«Creo que a la libertad se le ha dado demasiada importancia. La mayoría de las personas no saben como ejercerla. La ejercen de un modo bobo».

«El matrimonio es un destino pobre para la mujer».

«Nadie creyó en el ‘justicialismo’, monstruo neológico que con su eco inexplicable sigue dando horror a una página del abultado diccionario».

«El partido conservador, dije yo, tiene la ventaja de que no puede albergar fanáticos. Nadie puede ser fanático si es conservador. Lo que es una gran cosa en los tiempos que corren».

«Conrad era grande. Hudson, no. Horacio Quiroga, tampoco. ¿Hemingway? Un matón. ¿Flaubert? Madame Bovary es imposible de leer. Trabaja con el espacio, el tiempo se le escurre entre las manos y se aburre escribiendo una historia sin historia».

«Quizá lleguemos alguna vez a un estado en el cual las naciones sean inútiles».

«Siempre he tenido una admiración especial por Cristo. Creo que es un pilar de la historia del mundo y que lo seguirá siendo, quizás inclusive más en el futuro. Sin embargo siento que hay algo que le sobra a Cristo. O que le falta, y que no lo hace todo simpático que fuera de desear. Por ejemplo, a mi me parece que Sócrates es más simpático. Y Buda también. En Cristo hay algo como de político que no acaba de convencer. Inclusive, por momentos me parece hasta demagógico. Por ejemplo, aquello de que los últimos serán los primeros. ¿Por qué? Es injusta esta aseveración. Es absurda. O aquello de que los pobres de espíritu heredarán el Reino de los Cielos. ¿Por qué? No lo entiendo. Y menos entiendo esa idea miserable de que los ricos no entrarán al Reino de los Cielos porque aquí, en la tierra, ya recibieron su recompensa. Si el Reino de los Cielos es eterno, ¿cómo puede comparársele a unos cuantos años de supuesta felicidad aquí en la tierra? Lo eterno no tiene derecho a competir con lo temporal. Es injusto lo de la condenación eterna. Yo no puedo creer en dolores que se prolonguen más allá de nuestra estancia en la tierra, ya que es de por si bastante dolorosa».

«Monstruo no significa algo horrible: significa algo digno de ser mostrado».

«Los argentinos sienten una admiración ridícula por las cosas que otros ponen de moda. La gente de Argentina es muy snob. No sé cuál es la razón de ello, pero puedo dar un ejemplo. En 1898 nació un baile en los lupanares al cual llamamos tango. Ninguna mujer se atrevía a bailarlo sabiendo cuál era su origen. El baile era muy lascivo, una especia de parodia del acto del amor. La música muy obscena, la letra también. lo bailaban sólo hombres en las veredas del arrabal, hasta que un día, no sé cómo, llegó a París, y por el mero hecho de que París lo aceptó, se hizo respetable en la Argentina. El argentino suele carecer de conciencia moral, pero no intelectual; pasar por un inmoral le importa menos que pasar por un zonzo. La deshonestidad, según se sabe, goza de la veneración general y se llama ‘viveza criolla’. Me siento profundamente argentino. Soy argentino de un modo indefinible, inescrutable. Ser argentinos, es sentir que somos argentinos».

«Los argentinos estamos mejor dotados para la amistad que para el amor o el parentesco».

«Enamorarse es producir una mitología privada y hacer del universo una alusión a la única persona indudable».

«Existe una tendencia generalizada -que se ha propagado por todo el mundo- a apoyar la pobreza, la barbarie y la ignorancia. Supongamos, por ejemplo, que hubiera una guerra de Suiza contra los esquimales. ¡Todo el mundo estaría a favor de los esquimales! Es un problema de sentimentalismo».

«Una de las peores cosas que le puede pasar a un escritor es que sea periodista, porque entonces está obligado a buscar los temas. Creo que los temas deben buscarlo a uno, que es un error proponerse un tema».

«Cuando se es de familia criolla o puramente española, por lo general, no se es intelectual. Lo veo en la familia de mi madre, los Acevedo: son de una ignorancia inconcebible. Por ejemplo, para ellos ser protestante es sinónimo de judío, es decir: ateo, librepensador, hereje. Todo entra en la misma bolsa».

«Mi fama basta para condenar a esta época».

«No creo en el perdón. Si yo obro mal y me perdonan, ese acto de perdón es ajeno, y no puede mejorarme a mi. El ser perdonado no tiene importancia».

«Perón fue un nuevo rico, imitó de manera crasa y grotesca los rasgo menos admirables de la oligarquía ilustrada que simulaba combatir. En todo esto abundó la exageración característica del guarango. Inundó el territorio del país con imágenes suyas y de su mujer. Su mujer, cuyo cadáver y cuyo velorio usó para fines publicitarios. La mayoría de la gente es tonta. A mi me repugna la idea de que una persona permita que le digan ‘Perón, Perón. que grande sos’. Es tipo o está loco o es un imbécil. Perón era un chambón que no tenía un programa y que no sabía que hacer. Lo único que sí sabía era hacerse retratar y salir en los balcones de la Plaza de Mayo para en sus discursos insultar a sus oyentes llamándolos ‘grasitas'».

«Soy apolítico. Ya he dicho que soy anticuado. Creo que vale más dirigir masas que informarlas. Creo que Argentina iba mejor cuando estaba gobernada por un pequeño grupo de personas. Es absurdo suponer que todo el mundo puede opinar en política. De política entenderán algunas personas, entre las cuales hasta podríamos incluir a algún político».

«Yo estuve en contra del peronismo justamente porque era liberticida y de raíz fascista. Fíjese que Perón me persiguió porque yo era democrático, jamás porque yo hubiera sudo antiobrero o cosa parecida. Puso presas a mi madre y a mi hermana. No me pudo perdonar que cuando estaba en Norteamérica y me preguntaron por Perón yo hubiese contestado: ‘No me interesan los millonarios». Ni que cuando me preguntaron por su mujer, yo hubiese respondido: ‘Tampoco me interesan las prostitutas’.

«Ojalá merezcamos no tener ningún gobierno. En ningún país del mundo. Acaso un mínimo de gobierno puramente municipal, un gobierno de Spencer».

«Me gustó aquella película del acorazado Potemkin. La vi de nuevo, años después, y me pareció malísima. Pensé que intentaba ser un film realista. Tal vez lo sea. Sin embargo es absolutamente irreal. Voy a recordar un episodio, dos episodios con usted. Hay una manifestación en Odesa y la policía que se supone que sabe cómo manejar tales situaciones, tiene que disolver a la multitud. A fin de lograrlo, matan a varios, no sé a cuántos, quince o veinte, y, entre ellos, a fin de lograr efectos tremebundos, hay una mujer con un cochecito y un bebé. Entonces la mujer pierde sus gafas y el cochecito rueda escaleras abajo y el niño muere. Recuerdo lo que Ruskin dijo de Dickens: ‘Cuándo tenga alguna duda, mate a un bebé’, ¿no? Y entonces, después de esa escena absolutamente irreal, porque supongo que la policía sabía hacer las cosas sin ser tan torpe, tenemos el barco de guerra, el acorazado disparando sus cañones a la ciudad de Odesa. Ahora bien, como sentimos simpatía por los marinos, el único daño que hacen sus cañones es tirar a un león de piedra de su pedestal. Eso podría pasar en una película fantástica, pero en una película realista me imagino que si un acorazado dispara a cien metros de nosotros mataría a alguien, pero, claro, no puede matar a nadie porque estropearía las simpatías de los espectadores, únicamente por eso mata a un león de piedra. No me parece que los rusos sepan hacer realismo».

«La definición: ‘La política es el arte de lo posible’, sirve para justificar y ocultar todo tipo de tropelía. Más oportuno sería decir que la política es el arte de lo imposible».

«No bebo, no fumo, como poco. Mis únicos vicios son la Enciclopedia Británica y no leer a Enrique Larreta».

«Nada sé de la literatura argentina actual. Hace tiempo que mis contemporáneos son los griegos».

«Es un misterio que todos los argentinos se sientan representados por el tango. El tango no puede ser otra cosa que música de malevos. Lo más importante del tango, es la importancia que tiene el tango para nosotros».

«Cuando escribo, no pienso nunca en los lectores. Salvo en el sentido de no presentarles dificultades».

«Creo que Sarmiento es el real escritor argentino. Creo que se ha elegido mal en poner al ‘Martín Fierro’ como libro ejemplar. Si hubiéramos elegido al ‘Facundo’ de Sarmiento, donde está planteado el dilema Civilización o Barbarie, hubiera sido mejor para el país y nuestra historia hubiese sido otra».

«La casa de mi abuela materna era una casa con dos patios con aljibe, pero muy modesta. En el fondo del aljibe había una tortuga para purificar el agua, según se creía; aunque mi madre y yo bebimos durante años agua de tortuga, sin pensar en ello, puesto que este agua estaba más bien ‘impurificada’ por la tortuga. Pero se trataba de una costumbre y a nadie le llamaba la atención. Sin embargo cuando se alquilaba una casa, siempre se preguntaba si había tortuga en el aljibe. En Montevideo no existía el mismo hábito. Estela Canto me contó que allí usaban un sapo en vez de una tortuga. Así que a la pregunta de la inquilina se le respondía: ‘Si, pierda cuidado, señora, hay un sapo’, y entonces se bebía este agua de lluvia purificada por ese filtro viviente, sin pensar lo contrario».

«Me gustan los juegos solitarios: el ajedrez, la equitación, la natación. Detesto los deportes masivos como el fútbol y el cóctel».

«La estupidez, la cobardía, la soberbia injustificada, la vanidad, la trivialidad, son las cosas que deploro en el hombre. Yo creo que la trivialidad más que nada. He tratado de evitarla. Aunque, seguramente, yo fui trivial a mi modo. Porque estudiar el anglosajón es una forma de trivialidad. Más o menos como coleccionar estampillas».

«El vicio más incorregible de los argentinos es el nacionalismo, la manía de los primates».

«El suicidio no me parece mal; al contrario, convendría que se suicide más gente; hay un exceso de población en el mundo».

«Si tuviera que elegir entre la literatura inglesa o la literatura rusa, entre Dickens o Dostoyevsky, elegiría a Dickens».

«Yo creo que los periódicos se hacen para el olvido, mientras que los libros son para la memoria».

«No me gusta los surrealistas porque son unos charlatanes. Yo rechazo esa filiación».

«Proponer a Martín Fierro como personaje ejemplar es un error. Es como si se propusiera a Macbeth como buen modelo de ciudadano británico. ¿no? Como tragedia me parece admirable, como personaje de valores morales, no».

«Los argentinos han sentado fama de hombres bien vestidos. Eso se da en todas las clases sociales. Aún entre compadritos había idea del lujo: chalinas muy lindas, zapatos de tacones altos, pantalones ajustados. Puede ser un rasgo femenino…».

«El aguinaldo es una curiosa medida económica según la cual se trabajan doce meses y se pagan trece».

«El gaucho era gente que luchaba o estaba de parte de un caudillo porque el patrón de la estancia lo mandaba. El gaucho no tuvo ninguna idea de patria. Cuando desembarcaron los ingleses en Quilmes salieron todos los gauchos de los alrededores, vieron que desembarcaba un ejército extranjero y le indicaron el camino a Buenos Aires…».

«Los tangos actuales no me gustan nada. Ya con Gardel, con Filiberto, empieza la decadencia del tango. Los tangos se vuelven quejosos, lacrimosos. La tristeza de los tangos me parece innoble. Es una tristeza de rufianes, un poco canallesca. La tristeza de los blues, no: corresponde a hombres mejores».

«El tiempo nos enseña a eludir equivocaciones, no a merecer aciertos».

«De las comidas españolas me gusta la paella. Sobre todo cuando está bien hecha. Es decir, cuando cada grano de arroz mantiene su individualidad».

«Cierta vez en un Banco una empleada me dijo que, aunque conocía mi saldo, lo verificaría ‘para no decir una cosa por otra’. Esta señorita acababa de dar muerte a la metáfora».

«En mi época no había best-sellers y no podíamos prostituirnos. No había quien comprara nuestra prostitución».

«Ernest Hemingway, cierta vez, disparatadamente, se comparó con Kipling, a quien consideraba su maestro. Fue medio compadre y terminó matándose porque se dio cuenta que no era un gran escritor. Esto lo salva en parte».

«En España me admiran porque el panorama es tan pobre que admiran a cualquiera. Allí sólo hay un buen cuentista, Fernando Quiñones, y un buen poeta, Jorge Guillén».

«En el libro árabe por excelencia, el Corán, no hay camellos; yo creo que si hubiera alguna duda sobre la autenticidad del Corán bastaría esta ausencia de camellos para probar que es árabe. Fue escrito por Mahoma y Mahoma, como árabe, no tenía por qué saber que los camellos eran especialmente árabes».

«Dicen que he influido en Cortázar. No seamos tan pesimistas. Sus cuentos que no he leído, han de ser mejores que los míos».

«No he observado jamás que los españoles hablaran mejor que nosotros. Hablan con voz más alta, eso sí, con el aplomo de quienes ignoran la duda».

«Me dicen que en Italia los libros de Sábato se venden con una faja que dice: ‘Sábato, el rival de Borges’. Es extraño, pues los míos no llevan una faja que diga: ‘Borges, el rival de Sábato’. El es un escritor respetable cuyas obras pueden estar en manos de todos sin ningún peligro».

«No voy a las recepciones de la embajada soviética, donde sirven vodka y caviar. No sigo ese régimen».

«Lo malo es que en la Argentina ganamos todas las guerras y perdemos todas las elecciones».

«No vale la pena interesarse en el periodismo, pues está destinado a desaparecer. Bastaría en lugar de diarios, con un periódico bimensual, ya que todos los días no se producen hechos sensacionales. En la época grecolatina se leían libros y no se perdía el tiempo en tonterías».

«Mire, yo detesto a los comunistas, pero, por lo menos, tienen una teoría. Los peronistas, en cambio, son snobs».

«Yo tenía entendido que sólo había buena y mala literatura. Esto de literatura comprometida me suena lo mismo que equitación protestante».

Minicuento: «El diablo y el posadero» de Robert Louis Stevenson

En cierta ocasión el diablo se detuvo en una posada donde nadie le conocía, pues se trataba de gente de escasa educación. Abrigaba malas intenciones y todos le prestaron atención durante mucho tiempo. El posadero, sin embargo, le hizo vigilar y le sorprendió con las manos en la masa.

Entonces cogio un asoga y le dijo:

– Voy a azotarte.

– No tienes derecho a enfadarte -dijo el diablo-. Yo sólo soy el diablo, y en mi naturaleza está el obrar mal.

– ¿Es cierto eso?, preguntó el posadero.

-Te lo aseguro, dijo el diablo.

-¿No puedes dejar de obrar mal?, preguntó el posadero.

-Me es completamente imposible -dijo el diablo-. Además de no servir de nada, sería cruel azotar a una cosa tan pobre como yo.

-Es verdad, dijo el posadero.

Hizo un nudo y lo ahorcó.

-Ya está, dijo el posadero.

(escrito en 1896)

Los mejores diálogos de Downton Abbey

Sin dudas Downton Abbey ha sido un éxito comercial y se ha convertido en una serie muy querida a nivel mundial para los televidentes.

Con un altísimo nivel estético y buscando siempre el detalle en la ambientación para ser lo más auténtico posible, Downton Abbey es una obra maestra visual.

Las actuaciones son impecables, en donde sus más de veinte personajes tiene su espacio para el lucimiento y el aporte conciso a la obra; pero, sin dudas, los diálogos de la viuda condesa Lady Violet Crawley, magníficamente interpretada por Maggie Smith, se lleva las palmas. Siempre con el sarcasmo en la punta de la lengua sin medir quien sea su interlocutor, y la flema inglesa como parte de su modo de vida, hacen que sea el personaje más querido y admirado.

Aquí algunas de sus icónicas frases:

“El matrimonio es un negocio a largo plazo. Para la gente como nosotros, no hay manera de escapar. Así que asegúrate de elegir correctamente”.

“No seas tan derrotista, querida. Es tan clase media…”.

“No me disgusta. Simplemente no me gusta, que no es lo mismo”.

“¿Qué es el fin de semana?”.

“No hay nada más fácil que evitar a la gente que no te gusta. La prueba definitiva es evitar a los amigos”.

“Los principios son como las oraciones. Nobles, por supuesto, pero incómodos en una fiesta”.

“Ella es tan pequeña que un collar la aplastaría”.

“Espero haber interrumpido algo”.

“Ningún inglés debería soñar con morir en la casa de otra persona”.

“No nos podemos escandalizar cada vez que se muere un extranjero. Colapsaríamos cada vez que abriéramos un periódico”.

“¿Cuál es el problema? Tengo muchísimos amigos que no me gustan”.

“No, no lo es hasta que se casa. A partir de entonces, su marido le dirá cuáles son sus opiniones”.

“Supongo que no podemos asesinarle…”.

“Oh, qué alivio. Odio las tragedias griegas en las que todo pasa fuera del escenario”.

“Anna, ayúdame a luchar contra esta monstruosidad. Parecen criaturas del mundo perdido”. (refiriéndose a un arreglo floral)

“¿Qué es esto, un instrumento de comunicación o de tortura?”. (refiriéndose a la llegada del teléfono)

“Soy una mujer, Mary. Puedo ser tan contradictoria como quiera”.

“Querida, la falta de compasión puede ser tan vulgar como el exceso de lágrimas”.

“En mi época, las mujeres eran incapaces de sentir atracción física… hasta que su madre le dijera que lo hiciera”.

“La esperanza es una provocación diseñada para evitar que aceptemos la realidad”.

“Suiza puede ofrecerte todo… menos conversación. Y se puede aprender a vivir sin eso”.

“¿Hay alguna manera de hacerle callar?”.

“Cuando hablas así, me entran ganas de llamar a la niñera y que te mande a la cama sin cenar”.

“Primero la electricidad, ahora los teléfonos… Me siento como si estuviera viviendo en una novela de H. G. Wells”.

“Tenía razón sobre mi criada… ¡Me deja para casarse! ¿Cómo puede ser tan egoísta?”.

“Aplaudiré tu discreción cuando te vayas”.

“Esto es como vivir en un hotel de segunda, donde no paran de llevar huéspedes pero parece que no se va ninguno”.

“Ya verás que en esta casa no hay ni un solo momento aburrido”.

“Señor Richard, la vida es un juego en el que los jugadores deben parecer ridículos”.

(Alguien que no le era simpático le dice: «Me despido porque será la última vez que nos veamos») y ella le responde: «¿Me lo promete?»

“No te preocupes, era un regalo de bodas de una tía espantosa. Llevo medio siglo odiándolo”. (después que se rompiera un jarrón)

“A mi edad, una debe racionar las emociones”.

“El pensar sin parar está sobrevalorado. La culpa es de la guerra, antes de 1914 nadie pensaba en nada”.

«Yo nunca discuto, informo».