La figura del flâneur se convirtió en un observador privilegiado de la vida metropolitana desde el surgimiento de la modernidad. El crecimiento de las ciudades y la transformación de la experiencia urbana generaron la necesidad de nuevas formas estéticas capaces de captar la complejidad del entorno moderno. En ese contexto, el flâneur emergió como un tipo social y literario que permitía representar la ciudad en constante cambio.
La idea de Walter Benjamin y Dana Brand, de que el flâneur pertenece exclusivamente al París del siglo XIX y que su relevancia disminuyó con el avance de la modernidad, es insuficiente porque la figura no solo sobrevivió, sino que se globalizó y diversificó, adaptándose a nuevos contextos culturales, históricos y urbanos.
Desde la perspectiva contemporánea la Flânerie es un tema literario-cultural, y el flâneur aparece como un personaje narrador o en textos que exploran la experiencia urbana desde un punto crítico analizando la ciudad y sus dinámicas e imaginarios. Esta doble perspectiva permite que el flâneur funcione tanto como objeto de estudio y como marco interpretativo considerando que dejó de ser un fenómeno exclusivamente europeo y se ha expandido a Brasil, China, Estados Unidos, Escadinavia, México y Argentina, entre otros, adaptándose a distintas culturas y medios (literatura, cine, periodismo, modernismo, postmodernidad).
CAMINAR, REFLEXIONAR Y LA PERCEPCIÓN URBANA
La edad dorada del flâneur europeo fue durante la modernidad clásica de París y Londres, y la Flânerie apareció en la literatura postmoderna con exploraciones de identidad, memoria y subjetividad en ciudades contemporáneas. La Flânerie global impica adaptarse a contextos no occidentales.

La tradición visual del flâneur era el grabado (imagen) de Paul Gavarni de 1841 que lo representa como un caballero burgués irónico y distanciado, pero habría que generar una nueva imagen visual para representar a la nueva flânerie, mostrando su carácter y utilidad para pensar la cultura urbana en múltiples contextos.
La literatura contemporánea, como Saturday de Ian McEwan y The Blindfold de Siri Hustvedt describen la figura del flâneur en un espacio de negociación ética, entre su soberanía de sujeto y la vulnerabilidad inherente a la vida urbana, diferenciándose de Benjamin que situaba la soberanía del observador en que mira la ciudad desde cierta distancia. Esta tensión entre soberanía vs. dependencia debería ser la clave, sin embargo, la supuesta autonomía del flâneur es ilusoria, porque la ciudad moderna lo forma y lo condiciona.
El debate actual ubica al flâneur en un espacio intermedio entre el hombre de la multitud y el observador burgués, por lo que cuesta definir a la actual flânerie.
El punto es que quizás la flânerie es un concepto tan inestable que no existe una definición fija. El flâneur ha sido periodista, escritor, personaje literario, motivo narrativo y símbolo cultural; por lo tanto esta indeterminación permite que la flânerie sea reactivada en contextos contemporáneos para pensar nuevas formas de subjetividad que podrían implicar cuestiones éticas.
Aquí podemos decir que el sujeto ético surge cuando reconoce su dependencia de otros, su exposición al mundo, y la imposibilidad de control total sobre sí mismo. La flânerie sería caminar la ciudad y exponerse a lo imprevisible, a los otros, a la contingencia. La ciudad invade la subjetividad del flâneur y lo transforma.
Ian McEwan en su novela Saturday del 2005 presenta a Henry Perowne, médico neurocirujano, que recorre Londres durante un día marcado por tensiones políticas post‑11‑S. Su caminar lo confronta con la precariedad de otros y con su propia vulnerabilidad. La ciudad deja de ser un espacio de contemplación soberana y se vuelve un lugar donde la ética se activa a través del encuentro con el otro.
Por su parte Siri Hustvedt en The Blindfold de 1992, su protagonista, Iris, experimenta la ciudad como un espacio de desorientación, fragmentación y exposición. Su flânerie es precaria: la ciudad invade su identidad, la desestabiliza y la obliga a reconfigurarse. La novela muestra cómo la subjetividad se forma en la interacción con fuerzas urbanas que exceden el control individual.
En ambos casos, la flânerie ya no es un gesto estético o contemplativo, sino un proceso ético que implica ser afectado, transformado y descentrado.
La flânerie contemporánea abandona la soberanía clásica del flâneur del siglo XIX y se vincula con la vulnerabilidad y la dependencia, y se convierte en una práctica que forma sujetos éticos post‑soberanos. La ciudad moderna, con su precariedad constitutiva, no solo es escenario: es agente en la transformación del sujeto.
La flânerie actual puede ser definida como una práctica ética de caminar por la ciudad y reconocer la precariedad propia y ajena al abrirse a una transformación subjetiva.








