Gerhard Ritter formula en su libro «El problema ético del poder», una de las críticas más incisivas a la modernidad política. Su tesis es incómoda porque desarma dos ilusiones que el siglo XX creyó indestructibles: la fe en la racionalidad del Estado y la confianza en que la técnica podía sustituir a la ética. Ritter escribe desde la Alemania devastada por el nazismo, pero su diagnóstico apunta al corazón del siglo XXI.
El libro no es un tratado de filosofía política, es, más bien, un acto de autopsia mora. Ritter examina cómo una civilización que se creía ilustrada terminó entregándose a un poder sin frenos, y lo hace con una lucidez que incomoda porque obliga a reconocer que el totalitarismo no fue un accidente histórico, sino la consecuencia lógica de una larga erosión ética.
EL PODER COMO PROBLEMA MORAL, NO TÉCNICO Ritter rechaza la idea de que el poder pueda analizarse como un mecanismo neutral. Para él, el poder es siempre una tensión moral, un campo de fuerzas donde chocan la eficacia y la responsabilidad. La política moderna, sin embargo, intentó resolver esa tensión reduciendo el poder a técnica: administración, cálculo, gestión. Ese desplazamiento tuvo el costo de la desaparición del sujeto moral.
Cuando la política se vuelve ingeniería, la responsabilidad se diluye. El burócrata obedece, el técnico ejecuta, el líder decide en nombre de fines supuestamente superiores. El resultado es un poder que ya no necesita justificarse sino solo funcionar. Allí Ritter identifica el germen del totalitarismo. No en la maldad individual, sino en la desmoralización estructural del poder.
LA MODERNIDAD COMO INCUBADORA DE IRRESPONSABILIDAD Ritter sostiene que el Estado moderno, desde Maquiavelo hasta la razón de Estado del siglo XIX, fue construyendo una lógica de poder autónomo, cada vez más desligado de límites éticos. La modernidad, en su afán de eficacia, produjo un tipo de poder que se legitima por resultados y no por principios; se expande sin reconocer fronteras morales; convierte a la sociedad en medio para sus fines y se protege detrás de la impersonalidad técnica.
LA RESPONSABLIDAD PERSONAL COMO RESISTENCIA La propuesta de Ritter es deliberadamente contracultural. En un siglo fascinado por sistemas, estructuras y determinismos, él vuelve a colocar en el centro la responsabilidad individual. No hay instituciones capaces de frenar al poder si quienes las habitan renuncian a su juicio moral.
Su ética del poder se sostiene en tres pilares: la tradición, entendida como memoria moral colectiva; el derecho, como límite objetivo a la arbitrariedad y la virtud personal, como freno interior a la desmesura. Ritter no cree en la neutralidad institucional: cree en la autolimitación moral y es una ética incómoda porque exige carácter, no solo procedimientos.
UNA CRITICA QUE INCOMODA AL PRESENTE Ritter describe con precisión quirúrgica fenómenos que hoy reaparecen bajo nuevas formas: la tecnocracia que gobierna sin responsabilidad política; los populismos que absolutizan la voluntad del líder; los Estados que expanden su poder en nombre de la seguridad; la política convertida en gestión sin ética y la ciudadanía reducida a audiencia.
La fuerza del libro reside en su actualidad y su advertencia es clara: cuando el poder deja de ser un problema moral, se convierte en un peligro político. La política contemporánea, obsesionada por la eficiencia, la comunicación y la velocidad, reproduce las mismas condiciones que Ritter denunció: un poder que se justifica por su capacidad de resolver problemas, no por su legitimidad ética.
Su pensamiento desafía tanto al realismo cínico como al moralismo ingenuo, porque el poder no puede eliminarse, pero tampoco puede naturalizarse; debe ser domesticado, limitado, vigilado. En un tiempo donde la política oscila entre la espectacularización y la gestión algorítmica, Ritter nos obliga a recuperar una pregunta que la modernidad quiso olvidar: ¿quién responde moralmente por el poder que ejerce?
CONCLUSIÓN Ritter no ofrece soluciones fáciles: exige responsabilidad, prudencia y límites. Su crítica es, en última instancia, una defensa de la dignidad humana frente a la tentación permanente del poder de convertirse en absoluto. En un siglo XXI marcado por la concentración de poder —político, económico, tecnológico—, la lectura de Ritter tiene una vigencia que abruma.
Aunque no lo crean, no se sabe mucho acerca de Dante Alighieri. Ni siquiera se conoce con certeza en que año nació, aunque muchos historiadores lo ubican en 1265. Lo más probable es que haya nacido entre mayo y junio, ya que, si se lee con atención La Divina Comedia, en algunos versos del Paraíso se da a entender que su signo zodiacal es Géminis. Lo que sí sabemos con certeza es que nació en Florencia.
Sus padres fueron Alighiero di Bellincione y Bella degli Abati, quien falleció cuando Dante tenía 5 o 6 años, dejándolo a él y a sus hermanas huérfanos de madre. Aproximadamente dos años después, conoció a la hija de Folco Portinari, una niña casi de su edad llamada Beatriz. Pasaron nueve años sin verse, pero durante todo ese tiempo Dante conservó intacto el recuerdo de Beatriz, grabando cada detalle de su imagen en la memoria.
En La Vita Nuova, relata que ella vestía un vestido carmesí, y que desde aquel momento el amor comenzó a gobernar su alma. Beatriz se convirtió en su inspiración eterna, la idealizó, y gracias a ese amor la convirtió en su musa. A veces salía a la calle solo para verla pasar, se conformaba con verla: verla sonreír, verla caminar por las calles, verla feliz. Eso le bastaba y le servía de inspiración. Sin embargo, ella se casó con otro joven, Simone de Bardi, miembro de una influyente familia de banqueros. No solo vio a la mujer que amaba casarse con otro, tiempo después, Dante relata que Beatriz dejó de saludarlo en público y eso le rompió el corazón.
Jamás se reconciliaron, porque Beatriz murió poco después con apenas 24 años. Todo lo que Dante nunca dijo, todo lo que jamás se atrevió a hacer, ya no podría hacerlo. No solo no hubo reconciliación, tampoco se despidieron.
Tres años después de la muerte de Beatriz, Dante contrajo matrimonio con Gemma Donati, miembro de una influyente familia florentina. Aunque no se conocen muchos detalles de su relación, se cree que ella sabía que su esposo guardaba un amor eterno por la difunta Beatriz. A pesar de ello tuvieron varios hijos y compartieron una vida estable que permitió a Dante dedicarse a sus estudios y obra. Como a la mayoría de los hombres de su tiempo, Alighieri se vio envuelto en los conflictos bélicos y políticos, como el de güelfos y gibelinos, que, en resumidas cuentas, fue un conflicto político entre los partidarios del papado y su influencia en las ciudades italianas (los güelfos), y los que preferían la influencia del Sacro Imperio Romano Germánico (los gibelinos).
Tras la victoria güelfa, Dante se encontró en el bando ganador y comenzó a participar activamente en la vida política de Florencia. Durante ese periodo también escribió tratados filosóficos y políticos como el “Convivio” y el “De Monarchia”. En el año 1300, después de haber formado parte del Consejo de los Cien, Dante fue elegido como uno de los seis priors de la ciudad, el cargo político más alto de la Florencia. Fue su época más productiva y feliz, amaba servir a su patria y adoraba con fervor su tierra natal.
Pero la mala fortuna se presentó ante él, y todo lo que había construido se iba a derrumbar. Todo comenzó cuando su propio partido, los güelfos, se dividió en dos facciones irreconciliables. Dante fue enviado ante el Papa Bonifacio VIII para negociar con él mientras estaba en Roma, el bando contrario al suyo tomó el poder por la fuerza. Lo acusaron injustamente y en ausencia, de corrupción y abuso de poder. Y en enero de 1302 fue condenado al exilio y a muerte en caso de intentar volver a la ciudad. Perdió todo a causa de la guerra y la traición política.
Se trasladó a Verona bajo la protección de Bartolomeo della Scala y empezó a mandar apasionadas cartas a diversos líderes pidiéndoles que fueran a rescatar Florencia. Fue tan escandaloso el tono de las cartas, que cuando se concedió amnistía a varios exiliados políticos, se excluyó expresamente a Dante. Una vez más Florencia le negó el perdón.
Lo intentó una vez más cuando se enteró que el rey de Italia marchó a Florencia para pacificarla; Dante le escribió a Enrique VII y el rey aceptó recibirlo y escuchar su caso, pero el rey fue envenenado antes de la audiencia y una vez más Florencia le negó el perdón. En ese tiempo se hablaba un dialecto toscano, que con el tiempo daría origen al italiano moderno. Y en ese dialecto Dante comenzó a escribir una obra que como no tenía un final trágico, considero que no podía llamarla “tragedia”, así que la llamó simplemente Comedia.
Ese fue su título original, el adjetivo “Divina” se lo añadiría el poeta Boccaccio años después. La comenzó en su peor momento y viendo cómo se desmoronaba todo por lo que había trabajado. Mientras escribía la Comedia, también continuó su vida intelectual: fue invitado a diversas cortes del norte de Italia, donde compartió su pensamiento con poetas, filósofos y gobernantes.
Finalmente, en 1315 Florencia lo perdonó. Debía pagar una fuerte multa y aceptar públicamente que era un delincuente. Dante, profundamente ofendido por esas condiciones, se negó. Prefería el exilio antes que volver sin honor. Una vez más su amada Florencia lo había traicionado.
Finalmente murió a los 56 años en Rávena, poco después de haber terminado la tercera y última parte de la Divina Comedia. Nunca volvió a su amada Florencia ni siquiera muerto, su tumba está en Rávena, pese a que muchos creen y han visitado la tumba de Dante en Florencia, pero esa tumba está vacía.
Y la historia dice qué en 1519, por orden del papa León X (florentino de la familia Medici) ordenó que Rávena devolviera el cuerpo. La ciudad se negó. En el siglo XX, durante el auge del nacionalismo italiano, Florencia levantó esa tumba majestuosa que muchos conocen y que está vacía, pero Rávena se negó a ceder el cuerpo una vez más. En el año 2008, Florencia finalmente revocó oficialmente la condena de Dante y solicitó el retorno de sus restos. Rávena, una vez más, dijo que no porque ellos lo recibieron, cuidaron y trataron bien cuando nadie más lo hizo. Consideran que él pertenece a la ciudad que lo respetó en vida, no a la que lo repudió y maltrató.
En los umbrales de la ilustración, Johan Wolfang Von Goethe, se mostraba preocupado por la dualidad entre lo sabido y lo creído. Ese antagonismo lo llevó a escribir en su obra «Poesía y verdad en mi vida», lo siguiente:
«De la fe surge todo lo creído; por ello, este equivale a aquella, en plenitud. La fe es un gran sentimiento de seguridad para el presente y el futuro, y esa seguridad emana de la confianza en cierta esencia comprensiva de lo enorme, lo super potente, lo insuperable. Todo deviene de lo inconmovible de esta confianza; pero la manera como pensamos esta esencia depende de nuestras restantes facultades, así como de las circunstancias, y ellos equivale, igualmente, a la fe. Esta es una construcción sagrada a la cual cada uno dispone a ofrecer, en la medida de sus posibilidades, su sentimiento, su entendimiento, su imaginación. Con el saber ocurre precisamente lo opuesto; de lo sabido sólo surge lo sabido, tan bien y en la medida en que es sabido. Por ello puede disputar sobre el saber, tanto como permitan su propia exactitud, su amplitud y su rigor. El saber, que comienza a partir del sujeto, sin límites ni conformación, jamás, ni siquiera en sueños, podría homologarse con la fe, de la cual es permanente opositor».
Acaba de finalizar la Copa del Mundo 2026 que fue la mayor de la historia: 48 equipos, 1.248 jugadores y 104 partidos en tres países anfitriones. Pero si analizamos las plantillas de las selecciones vemos que provienen de un conjunto reducido de ligas europeas que dominan el fútbol de clubes.
Las Cinco Grandes. La Premier League (Inglaterra), la Bundesliga (Alemania), La Liga (España), la Serie A (Italia) y la Ligue 1 (Francia) aportan conjuntamente 464 de 1.248 jugadores, o sea el 37% de las 48 selecciones.
Aunque el torneo incluyó 16 naciones más que antes, los jugadores se volvieron más europeos a medida que avanzaba el torneo. Los jugadores de las cinco grandes ligas representaron el 50% en la ronda de 32. Su porcentaje aumentó a 56% en octavos de final, 79% en cuartos de final y 91% en semifinales. Bajó a un 88% en la final entre España y Argentina.
Los 48 equipos reclutan jugadores de ligas de 68 países diferentes, pero la liga inglesa lidera con 206 jugadores, la mayoría de ellos en la Premier League. Las ligas alemanas suman 109, las ligas francesas y españolas 86 cada una, y las ligas italianas 71.
Catar y Arabia Saudí son los equipos más locales: 25 de sus 26 jugadores juegan en clubes nacionales, aunque ninguno logró superar la fase de grupos. Por detrás, Inglaterra (21 de 26, todos en la Premier League), Alemania (19 en la Bundesliga) y Sudáfrica (19) completan las cinco plantillas más formadas en casa. Ocho plantillas tienen el perfil opuesto, con todos los jugadores basados en el extranjero. Entre ellos se encuentran dos de los debutantes del torneo, Cabo Verde y Curazao, cuyos equipos completos están formados en ligas extranjeras, junto a Canadá, RDC, Costa de Marfil, Nueva Zelanda, Senegal y Uruguay.
Unos 713 de los 1.248 jugadores juegan en clubes de su propio continente. El resto se movió, abrumadoramente, hacia Europa. El grupo más grande son los 189 jugadores de selecciones nacionales africanas que juegan en ligas europeas.
La Copa del Mundo, con 48 equipos, fue la más global de la historia. Con la presencia de casi una cuarta parte de las 211 asociaciones miembros de la FIFA que llegaron al torneo norteamericano. La final enfrentó a Argentina, campeón sudamericano #1 del ranking FIFA que defendía el título, con España campeón europeo 2024 #2 del ranking FIFA y que finalmente se quedó con la copa.
Según datos de mercado, el equipo español cuesta U$S 1.200 millones y Argentina U$S 808 millones. Ambos equipos se enfrentaron en semifinales a equipos de mayor valor: Francia (U$S 1.500 millones) e Inglaterra (U$S 1.400 millones) que son los dos equipos más valiosos del torneo.
Antes de que comenzara el Mundial, los jugadores más valiosos -según Transfermarket- eran Lamine Yamal y Erling Haaland, ambos valorados en 200 millones de dólares, seguidos por Kylian Mbappé con 180 millones y Pedri y Michael Olise con 150 millones cada uno. El jugador más valioso de Argentina es Julián Álvarez, con 100 millones de euros, mientras que Lionel Messi está valuado 18 millones de dólares.
Las tres naciones anfitrionas fueron eliminadas en octavos de final. México, con una plantilla valorada en U$S 192 millones; Estados Unidos (U$S 386 millones) y Canadá (U$S 199 millones).
Este es uno de mis relatos favoritos de Gabriel García Márquez. Los riesgos de los rumores y su expansión en una comunidad es la base de este gran cuento corto que se llama «Algo grave va a suceder a este pueblo…»
«Algo grave va a suceder a este pueblo…»
Imagínese usted un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de 19 y una hija de 14.
Está sirviéndoles el desayuno y tiene una expresión de preocupación. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella les responde: ‘No sé, pero he amanecido con el presentimiento de que algo muy grave va a sucederle a este pueblo’.
El hijo se va a jugar al billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el otro jugador le dice: ‘Te apuesto un peso a que no la haces’. Todos se ríen. El se ríe. Tira la carambola y no la hace. Paga su peso y todos le preguntan qué pasó, si era una carambola sencilla, Y él contesta: ‘es cierto, pero me he quedado preocupado de una cosa que me dijo mi madre esta mañana sobre algo grave que va a suceder a este pueblo’.
Todos se ríen de él, y el que se ha ganado su peso regresa a su casa, donde está con su mamá, feliz con su peso y le dice : Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla porque es un tonto. ¿Y por qué es un tonto?, Porque no pudo hacer una carambola sencillísima según él preocupado porque su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo.
Y su madre le dice: No te burles de los presentimientos de los viejos porque a veces salen. Una pariente que estaba oyendo esto va a comprar carne. Ella le dice al carnicero: ‘Deme un kilo de carne’, y en el momento que la está cortando, le dice: Mejor córteme dos, porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado’.
El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar un kilo de carne, le dice: ‘mejor lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se están preparando y comprando cosas’. Entonces la vieja responde: ‘Tengo varios hijos, mejor deme cuatro kilos…’ Se lleva los cuatro kilos, y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata a otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor.
Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo, está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto a las dos de la tarde alguien dice: ¿Se han dado cuenta del calor que está haciendo? ¡Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor! sin embargo -dice uno-, a esta hora nunca ha hecho tanto calor. Pero a las dos de la tarde es cuando hace más calor. Sí, pero no tanto calor como hoy. Al pueblo todos alerta, y a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: ‘Hay un pajarito en la plaza’. Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito. Pero señores -dice uno-, siempre ha habido pajaritos que bajan aqui. Sí, pero nunca a esta hora.
Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo, que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo.
Yo sí soy muy macho -grita uno-. Yo me voy. Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde todo el pueblo lo ve. Hasta que todos dicen: ‘Si este se atreve, pues nosotros también nos vamos’. Y empiezan a desmantelar literalmente el pueblo.
Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice: ‘Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa’, y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, le dice a su hijo que está a su lado: ¿Vistes m’hijo, que algo muy grave iba a suceder en este pueblo?
Según datos del Fondo Monetario Internacional la deuda global asciende a U$S 310 billones, equivalente a 332% del PBI mundial. Es decir: 3,32 PBI mundiales considerando que el PBI mundial estimado es de U$S 93 billones. Esto significa que el mundo está más endeudado que nunca.
Los deudores son Gobiernos (40% del total); Empresas no financieras (30%); Hogares (25%) y Sector financiero (5%).
Los gobiernos son el principal motor del aumento, especialmente en economías avanzadas y China, y son las economías avanzadas quienes representan el 70% de la deuda global. Estados Unidos, Japón y la Unión Europea concentran la mayor parte, y es China el mayor contribuyente individual al aumento de deuda desde 2010 con un elevado endeudamiento corporativo y municipal.
Por su parte las economías emergentes poseen la deuda más baja en términos absolutos, pero más riesgosa por menor capacidad de refinanciación.
Los gobiernos no sólo no redujeron deuda tras el COVID, sino que muchos la aumentaron por subsidios energéticos, programas sociales y el aumento del costo del financiamiento por las altas tasas de interés y el mayor costo de refinanciar en 20 años.
Los países con deuda en dólares enfrentan la presión adicional de las empresas altamente apalancadas y que sectores como el real estate y tecnología muestran vulnerabilidad.
RIESGOS MACROECONÓMICOS
Puede haber una crisis de deuda soberana en países emergentes de África, Medio Oriente y algunos países de Asia. China y Estados Unidos muestran señales de estrés y una fragilidad del sector inmobiliario. Esto implica un menor crecimiento global porque la deuda elevada reduce inversión y productividad y los hogares enfrentan un ciclo de crédito más caro, con impacto directo en consumo y morosidad.
PERSPECTIVAS 2030
Los organismos internacionales coinciden en que la deuda global podría llegar a U$S 350–400 billones de USD que significaría entre 3,5 y 4 PBI mundiales. Si no hay reformas fiscales y monetarias, el mundo entra en una era de endeudamiento estructural crónico, donde la economía global crece menos, los gobiernos tienen menos margen de maniobra, y las empresas enfrentan un costo de capital persistentemente alto y menor acceso a crédito.
Para el mundo corporativo esta situación implica que toma relevancia las alianzas, fusiones y adquisiciones para sostener escala. Para los gobiernos una mayor presión en reformas fiscales y menor capacidad de inversión en infraestructura. También existe un mayor riesgo de crisis de deuda en países con baja credibilidad. Los inversores revalorizarán los activos de refugio que llevará a una volatilidad de los mercados emergentes y a un crecimiento del mercado de deuda privada y financiamiento alternativo.
La deuda global ya no es un fenómeno coyuntural: es un condicionante estructural del crecimiento mundial. El sistema económico enfrenta un desafío que afecta a gobiernos, empresas, mercados y consumidores donde el costo del dinero será por varios años un factor determinante.
El filósofo político Maquiavelo durante algún tiempo secretario en la cancillería de Florencia, tiene una injusta mala reputación. Tanto es así que, utilizado como adjetivo, su nombre sirve para referirse a alguien astuto, amoral, intrigante, pérfido o perverso. Esta fama es mucho peor de lo que se merece. Su apodo fue “maestro del mal” y en buena medida vino propiciada por sus ataques a la Iglesia de Roma, a quienes culpa de la ruina política de Italia.
Maquiavelo fue el primer escritor que dejó de lado el paternalismo de la sociedad tradicional para acercarse a las actuales ideas de la democracia, lo cual resulta un tanto paradójico si se tiene en cuenta que ofreció su teoría política a los príncipes.
En sus escritos afirma que por ignorantes y vulgares que puedan ser las masas, éstas salvaguardan la estabilidad y la libertad mejor que los individuos.
Maquiavelo sostiene que la gente forma un conjunto más o menos homogéneo (pues nadie es muy superior al resto) y que ningún sistema es perfecto ya que incluso un príncipe puede llegar a corromperse, por lo que conviene que el Estado cuente con una serie de mecanismos de control.
Puesto que el Estado sólo puede ser tan bueno como sus ciudadanos, los gobernantes deben ser conscientes de los peligros que comporta permitir el declive del espíritu cívico.
Pese a su reputación de cínico, Maquiavelo señala que la injusticia hace peligrar desde dentro los cimientos de la sociedad e insta a que se la combata allá donde se presente y afecte a quien afecte.
Es conocido por dos de las más célebres obras políticas jamás escritas: El Príncipe (1532) y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1531). Antes de Maquiavelo, los escritores medievales basaban la legitimidad en Dios, quien había expresado su voluntad a través de la jerarquía del Papa, los obispos y los sacerdotes o bien a través del emperador y de las familias reales europeas. Maquiavelo, en cambio, no duda en considerar que el poder está al alcance de todo aquel que sea lo suficientemente hábil para hacerse con él.
El gobierno popular es mejor que la tiranía, no por razones morales sino por su eficacia a la hora de lograr determinados objetivos políticos: independencia nacional, seguridad y una buena Constitución. Esto significa que el poder debe ser repartido entre los príncipes, los nobles y el pueblo.
Maquiavelo es la primera gran figura europea que elogia la libertad como una virtud fundamental y escribe que “todas las ciudades y países que son libres se benefician enormemente de esta libertad”.
Por desgracia, casi nadie ha leído con atención, o ni siquiera ha leído, la obra de este autor antes de condenarlo.
El cuento de John Cheever «El nadador» (The Swimmer) fue publicado originalmente en 1964 en la revista The New Yorker, En 1968 bajo dirección de Sydney Pollack fue llevado al cine con la actuación de Burt Lancaster.
Era uno de esos domingos de mediados del verano, cuando todos se sientan y comentan “Anoche bebí demasiado”. Quizá uno oyó la frase murmurada por los feligreses que salen de la iglesia, o la escuchó de labios del propio sacerdote, que se debate con su casulla en el vestiarium, o en las pistas de golf y de tenis, o en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufre el terrible malestar del día siguiente.
–Bebí demasiado –dijo Donald Westerhazy.
–Todos bebimos demasiado –dijo Lucinda Merrill.
–Seguramente fue el vino –dijo Helen Westerhazy–. Bebí demasiado clarete.
Esto sucedía al borde de la piscina de los Westerhazy. La piscina, alimentada por un pozo artesiano que tenía elevado contenido de hierro, mostraba un matiz verde claro. El tiempo era excelente. Hacia el oeste se dibujaba un macizo de cúmulos, desde lejos tan parecido a una ciudad –vistos desde la proa de un barco que se acercaba– que incluso hubiera podido asignársele nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba fuerte. Neddy Merrill estaba sentado al borde del agua verdosa, una mano sumergida, la otra sosteniendo un vaso de ginebra. Era un hombre esbelto –parecía tener la especial esbeltez de la juventud– y, si bien no era joven ni mucho menos, esa mañana se había deslizado por su baranda y había descargado una palmada sobre el trasero de bronce de Afrodita, que estaba sobre la mesa del vestíbulo, mientras se enfilaba hacia el olor del café en su comedor. Podía habérsele comparado con un día estival, y si bien no tenía raqueta de tenis ni bolso de marinero, suscitaba una definida impresión de juventud, deporte y buen tiempo. Había estado nadando, y ahora respiraba estertorosa, profundamente, como si pudiese absorber con sus pulmones los componentes de ese momento, el calor del sol, la intensidad de su propio placer. Parecía que todo confluía hacia el interior de su pecho. Su propia casa se levantaba en Bullet Park, unos trece kilómetros hacia el sur, donde sus cuatro hermosas hijas seguramente ya habían almorzado y quizá ahora jugaban al tenis. Entonces, se le ocurrió que dirigiéndose hacia el suroeste podía llegar a su casa por el agua.
Su vida no lo limitaba, y el placer que extraía de esta observación no podía explicarse por su sugerencia de evasión. Le parecía ver, con el ojo de un cartógrafo, esa hilera de piscinas, esa corriente casi subterránea que recorría el condado. Había realizado un descubrimiento, un aporte a la geografía moderna; en homenaje a su esposa, llamaría Lucinda a este curso de agua. No le agradaban las bromas pesadas y no era tonto, pero sin duda era original y tenía una indefinida y modesta idea de sí mismo como una figura legendaria. Era un día hermoso y se le ocurrió que nadar largo rato podía ensanchar y exaltar su belleza.
Se quitó el suéter que colgaba de sus hombros y se zambulló. Sentía un inexplicable desprecio hacia los hombres que no se arrojaban a la piscina. Usó una brazada corta, respirando con cada movimiento del brazo o cada cuatro brazadas y contando en un rincón muy lejano de la mente el uno-dos, uno-dos de la patada nerviosa. No era una brazada útil para las distancias largas, pero la domesticación de la natación había impuesto ciertas costumbres a este deporte, y en el rincón del mundo al que él pertenecía, el estilo crol era usual. Parecía que verse abrazado y sostenido por el agua verde claro era no tanto un placer como la recuperación de una condición natural, y él habría deseado nadar sin pantaloncitos, pero en vista de su propio proyecto eso no era posible. Se alzó sobre el reborde del extremo opuesto –nunca usaba la escalerilla– y comenzó a atravesar el jardín. Cuando Lucinda preguntó adónde iba, él dijo que volvía nadando a casa.
Los únicos mapas y planos eran los que podía recordar o sencillamente imaginar, pero eran bastante claros. Primero estaban los Graham, los Hammer, los Lear, los Howland y los Crosscup. Después, cruzaba la calle Ditmar y llegaba a la propiedad de los Bunker, y después de recorrer un breve trayecto llegaba a los Levy, los Welcher y la piscina pública de Lancaster. Después estaban los Halloran, los Sachs, los Biswanger, Shirley Adams, los Gilmartin y los Clyde. El día era hermoso, y que él viviera en un mundo tan generosamente abastecido de agua parecía un acto de clemencia, una suerte de beneficencia. Sentía exultante el corazón y atravesó corriendo el pasto. Volver a casa siguiendo un camino diferente le infundía la sensación de que era un peregrino, un explorador, un hombre que tenía un destino; y además sabía que a lo largo del camino hallaría amigos: los amigos guarnecerían las orillas del río Lucinda.
Atravesó un seto que separaba la propiedad de los Westerhazy de la que ocupaban los Graham, caminó bajo unos manzanos floridos, dejó tras el cobertizo que albergaba la bomba y el filtro, y salió a la piscina de los Graham.
–Caramba, Neddy –dijo la señora Graham–, qué sorpresa maravillosa. Toda la mañana he tratado de hablar con usted por teléfono. Venga, sírvase una copa. –Comprendió entonces, como les ocurre a todos los exploradores, que tendría que manejar con cautela las costumbres y las tradiciones hospitalarias de los nativos si quería llegar a buen destino. No quería mentir ni mostrarse grosero con los Graham, y tampoco disponía de tiempo para demorarse allí. Nadó la piscina de un extremo al otro, se reunió con ellos al sol y pocos minutos después lo salvó la llegada de dos automóviles colmados de amigos que venían de Connecticut. Mientras todos formaban grupos bulliciosos él pudo alejarse discretamente. Descendió por la fachada de la casa de los Graham, pasó un seto espinoso y cruzó una parcela vacía para llegar a la propiedad de los Hammer. La señora Hammer apartó los ojos de sus rosas, lo vio nadar, pero no pudo identificarlo bien. Los Lear lo oyeron chapotear frente a las ventanas abiertas de su sala. Los Howland y los Crosscup no estaban en casa. Después de salir del jardín de los Howland, cruzó la calle Ditmar y comenzó a acercarse a la casa de los Bunker; aun a esa distancia podía oírse el bullicio de una fiesta.
El agua refractaba el sonido de las voces y las risas y parecía suspenderlo en el aire. La piscina de los Bunker estaba sobre una elevación, y él ascendió unos peldaños y salió a una terraza, donde bebían veinticinco o treinta hombres y mujeres. La única persona que estaba en el agua era Rusty Towers, que flotaba sobre un colchón de goma. ¡Oh, qué bonitas y lujuriosas eran las orillas del río Lucinda! Hombres y mujeres prósperos se reunían alrededor de las aguas color zafiro, mientras los camareros de chaqueta blanca distribuían ginebra fría. En el cielo, un avión de Haviland, un aparato rojo de entrenamiento, describía sin cesar círculos en el cielo mostrando parte del regocijo de un niño que se mece. Ned sintió un afecto transitorio por la escena, una ternura dirigida hacia los que estaban allí reunidos, como si se tratara de algo que él pudiera tocar. Oyó a distancia el retumbo del trueno. Apenas Enid Bunker lo vio comenzó a gritar:
–¡Oh, vean quién ha venido! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! Cuando Lucinda me dijo que usted no podía venir, sentí que me moría. –Se abrió paso entre la gente para llegar a él, y cuando terminaron de besarse lo llevó al bar, pero avanzaron con paso lento, porque ella se detuvo para besar a ocho o diez mujeres y estrechar las manos del mismo número de hombres. Un barman sonriente a quien Neddy había visto en cien reuniones parecidas le entregó una ginebra con agua tónica, y Neddy permaneció de pie un momento frente al bar, evitando mezclarse en conversaciones que podían retrasar su viaje. Cuando temió verse envuelto, se zambulló y nadó cerca del borde, para evitar un choque con el flotador de Rusty. En el extremo opuesto de la piscina dejó atrás a los Tomlinson, a quienes dirigió una amplia sonrisa, y se alejó trotando por el sendero del jardín. La grava le lastimaba los pies, pero ése era el único motivo de desagrado. La fiesta se mantenía confinada a los terrenos contiguos a la piscina, y cuando ya estaba acercándose a la casa oyó atenuarse el sonido brillante y acuoso de las voces, oyó el ruido de un receptor de radio que provenía de la cocina de los Bunker, donde alguien estaba escuchando la retransmisión de un partido de béisbol. Una tarde de domingo. Se deslizó entre los automóviles estacionados y descendió por los límites cubiertos de pasto del sendero, en dirección a la calle Alewives. No deseaba que nadie lo viera en el camino con sus pantaloncitos de baño pero no había tránsito, y Neddy recorrió la reducida distancia que lo separaba del sendero de los Levy, donde había un letrero indicando: PROPIEDAD PRIVADA, y un recipiente para The New York Times. Todas las puertas y ventanas de la espaciosa casa estaban abiertas, pero no había signos de vida, ni siquiera el ladrido de un perro. Dio la vuelta a la casa, buscando la piscina, y se dio cuenta de que los Levy habían salido poco antes. Habían dejado vasos, botellas y platitos de maníes sobre una mesa instalada hacia el fondo, donde había un vestuario o mirador adornado con farolitos japoneses. Después de atravesar a nado la piscina, consiguió un vaso y se sirvió una copa. Era la cuarta o la quinta copa, y ya había nadado casi la mitad de la longitud del río Lucinda. Se sentía cansado y limpio, y en ese momento lo complacía estar solo; en realidad, todo lo complacía.
Habría tormenta. El grupo de cúmulos –esa ciudad– se había elevado y ensombrecido, y mientras estaba allí, sentado, oyó de nuevo la percusión del trueno. El avión de entrenamiento de Haviland continuaba describiendo círculos en el cielo. Ned creyó que casi podía oír la risa del piloto, complacido con la tarde, pero cuando se descargó otra cascada de truenos, reanudó la marcha hacia su hogar. Sonó el silbato de un tren, y se preguntó qué hora sería. ¿Las cuatro? ¿Las cinco? Pensó en la estación provinciana a esa hora, el lugar donde un camarero, con el traje de etiqueta disimulado por un impermeable, un enano con flores envueltas en papel de diario y una mujer que había estado llorando esperaban el tren local. De pronto comenzó a oscurecer; era el momento en que las aves de cabeza de alfiler parecen organizar su canto anunciando con un sonido agudo y reconocible la llegada de la tormenta. A su espalda se oyó el ruido leve del agua que caía de la copa de un roble, como si allí hubiesen abierto un grifo. Después, el ruido de fuentes se repitió en las coronas de todos los árboles altos. ¿Por qué le agradaban las tormentas? ¿Qué sentido tenía su excitación cuando la puerta se abría bruscamente y el viento de lluvia se abalanzaba impetuoso escaleras arriba? ¿Por qué la sencilla tarea de cerrar las ventanas de una vieja casa parecía apropiada y urgente? ¿Por qué las primeras notas cristalinas de un viento de tormenta tenían para él el sonido inequívoco de las buenas nuevas, una sugerencia de alegría y buen ánimo? Después, hubo una explosión, olor de cordita, y la lluvia flageló los farolitos japoneses que la señora Levy había comprado en Kioto el año anterior, ¿o quizá era incluso un año antes?
Permaneció en el jardín de los Levy hasta que pasó la tormenta. La lluvia había refrescado el aire, y él temblaba. La fuerza del viento había despejado de sus hojas rojas y amarillas a un arce y las había dispersado sobre el pasto y el agua. Como era mediados del verano seguramente el árbol se agostaría, y sin embargo Ned sintió una extraña tristeza ante ese signo otoñal. Flexionó los hombros, vació el vaso y caminó hacia la piscina de los Welcher. Para llegar necesitaba cruzar la pista de equitación de los Lindley, y lo sorprendió descubrir que el pasto estaba alto y todas las vallas aparecían desarmadas. Se preguntó si los Lindley habían vendido sus caballos o se habían ausentado todo el verano y habían dejado en una pensión los animales. Le pareció recordar haber oído algo acerca de los Lindley y sus caballos, pero el recuerdo no era claro. Continuó caminando, descalzo sobre el pasto húmedo, hacia la casa de los Welcher, donde descubrió que la piscina estaba seca.
La ausencia de este eslabón en su cadena acuática lo decepcionó de un modo absurdo, y se sintió como un explorador que busca una fuente torrencial y encuentra un arroyo seco. Se sintió desilusionado y desconcertado. Era costumbre salir durante el verano, pero nadie vaciaba nunca sus piscinas. Era evidente que los Welcher se habían marchado. Los muebles de la piscina estaban plegados, apilados y cubiertos con fundas. El vestuario estaba cerrado con llave. Todas las ventanas de la casa estaban cerradas, y cuando dio la vuelta a la vivienda en busca del sendero que conducía a la salida vio un cartel que indicaba EN VENTA clavado a un árbol. ¿Cuándo había oído hablar por última vez de los Welcher…?; es decir, ¿cuándo había sido la última vez que él y Lucinda habían rechazado una invitación a cenar con ellos? Le parecía que hacía apenas una semana, poco más o menos. ¿La memoria le estaba fallando, o la había disciplinado tanto en la representación de los hechos ingratos que había deteriorado su propio sentido de la verdad? Ahora, oyó a lo lejos el ruido de un encuentro de tenis. El hecho lo reanimó, disipó sus aprensiones y pudo mirar con indiferencia el cielo nublado y el aire frío. Era el día que Neddy Merrill atravesaba nadando el condado. ¡El mismo día! Atacó ahora el trecho más difícil.
Si ese día uno hubiera salido a pasear para gozar de la tarde dominical quizá lo hubiera visto, casi desnudo, de pie al borde la Ruta 424, esperando la oportunidad de cruzar. Quizá uno se preguntaría si era la víctima de una broma pesada, si su automóvil había sufrido su desperfecto o si se trataba sencillamente de un loco. De pie, descalzo, sobre los montículos al costado de la autopista –latas de cerveza, trapos viejos y cámaras reventadas– expuesto a todas las burlas, ofrecía un espectáculo lamentable. Al comenzar, sabía que ese trecho era parte de su trayecto –había estado en sus mapas–, pero al enfrentarse a las hileras del tránsito que serpeaban a través de la luz estival, descubrió que no estaba preparado. Provocó risas y burlas, le arrojaron un envase de cerveza, y no podía afrontar la situación con dignidad ni humor. Hubiera podido regresar, volver a casa de los Westerhazy, donde Lucinda sin duda continuaba sentada al sol. No había firmado nada, jurado ni prometido nada, ni siquiera a sí mismo. ¿Por qué, creyendo, como era el caso, que todas las formas de obstinación humana eran asequibles al sentido común, no podía regresar? ¿Por qué estaba decidido a terminar su viaje aunque eso amenazara su propia vida? ¿En qué momento esa travesura, esa broma, esa suerte de pirueta había cobrado gravedad? No podía volver, ni siquiera podía recordar claramente el agua verdosa de los Westerhazy, la sensación de inhalar los componentes del día, las voces amistosas y descansadas que afirmaban que ellos habían bebido demasiado. Después de más o menos una hora había recorrido una distancia que imposibilitaba el regreso.
Un anciano que venía por la autopista a veinticinco kilómetros por hora le permitió llegar al medio de la calzada, donde había un refugio cubierto de pasto. Allí se vio expuesto a las burlas del tránsito que iba hacia el norte, pero después de diez o quince minutos pudo cruzar. Desde allí, tenía un breve trecho hasta el Centro de Recreación, que estaba a la salida del pueblo de Lancaster, donde había unas canchas de balonmano y una piscina pública.
El efecto del agua en las voces, la ilusión de brillo y expectativa era la misma que en la piscina de los Bunker, pero aquí los sonidos eran más estridentes, más ásperos y más agudos, y apenas entró en el recinto atestado tropezó con la reglamentación “TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN DARSE UNA DUCHA ANTES DE USAR LA PISCINA. TODOS LOS BAÑISTAS DEBEN USAR LA PLACA DE IDENTIFICACIÓN”. Se dio una ducha, se lavó los pies en una solución turbia y acre y se acercó al borde del agua. Hedía a cloro y le pareció un fregadero. Un par de salvavidas apostados en un par de torrecillas tocaban silbatos policiales, aparentemente con intervalos regulares, y agredían a los bañistas por un sistema de altavoces. Neddy recordó añorante el agua color zafiro de los Bunker, y pensó que podía contaminarse –perjudicar su propio bienestar y su encanto– nadando en ese lodazal, pero recordó que era un explorador, un peregrino, y que se trataba sencillamente de un recodo de aguas estancadas del río Lucinda. Se zambulló, arrugando el rostro con desagrado, en el agua clorada y tuvo que nadar con la cabeza sobre el agua para evitar choques, pero aun así lo empujaron, lo salpicaron y zarandearon. Cuando llegó al extremo menos profundo, ambos salvavidas estaban gritándole:
–¡Eh, usted, el que no tiene placa de identificación, salga del agua!
Así lo hizo, pero no podían perseguirlo, y atravesó el hedor de aceite bronceador y cloro, dejó atrás la empalizada y fue a las pistas de balonmano. Después de cruzar el camino entró en el sector arbolado de la propiedad de los Halloran. No se había desbrozado el bosque, y el suelo fue traicionero y difícil hasta que llegó al jardín y el seto de hayas recortadas que rodeaban la piscina.
Los Halloran eran amigos, y una pareja anciana muy adinerada que parecía regodearse con la sospecha de que podían ser comunistas. Eran entusiastas reformadores, pero no comunistas, y sin embargo cuando se los acusaba de subversión, como a veces ocurría, el incidente parecía complacerlos y excitarlos. El seto de hayas era amarillo, y nadie supuso que estaba agostado, como el arce de los Levy. Dijo “Hola, hola”, para avisar a los Halloran que se acercaba, para moderar su invasión de la intimidad del matrimonio. Por razones que el propio Neddy nunca había llegado a entender, los Halloran no usaban trajes de baño. A decir verdad, no eran necesarias las explicaciones. Su desnudez era un detalle de la inflexible adhesión a la reforma, y antes de pasar la abertura del seto Neddy se despojó cortésmente de sus pantaloncitos.
La señora Halloran, una mujer robusta de cabellos blancos y rostro sereno, estaba leyendo el Times. El señor Halloran estaba extrayendo del agua hojas de haya con una barredera. No parecieron sorprendidos ni desagradados de verlo. La piscina de los Halloran era quizá la más antigua de la región, un rectángulo de lajas alimentado por un arroyo. No tenía filtro ni bomba, y sus aguas mostraban el oro opaco del arroyo.
–Estoy nadando a través del condado –dijo Ned.
–Vaya, no sabía que era posible –exclamó la señora Halloran.
–Bien, vengo de la casa de los Westerhazy –afirmó Ned–. Unos seis kilómetros.
Dejó los pantaloncitos en el extremo más hondo, caminó hacia el extremo contrario y nadó el largo de la piscina. Cuando salía del agua oyó la voz de la señora Halloran que decía:
–Neddy, nos dolió muchísimo enterarnos de sus desgracias.
–¿Mis desgracias? –preguntó Ned–. No sé de qué habla.
–Bien, oímos decir que vendió la casa y que sus pobres niñas…
–No recuerdo haber vendido la casa –dijo Ned–, y las niñas están allí.
–Sí –suspiró la señora Halloran–. Sí… –su voz impregnó el aire de una desagradable melancolía y Ned habló con brusquedad:
–Gracias por permitirme nadar.
–Bien, que tenga un buen viaje –dijo la señora Halloran.
Después del seto, se puso los pantaloncitos y se los ajustó. Los sintió sueltos, y se preguntó si en el curso de una tarde podía haber adelgazado. Tenía frío y estaba cansado, y los Halloran desnudos y sus aguas oscuras lo habían deprimido. El esfuerzo era excesivo para su resistencia, pero ¿cómo podía haberlo previsto cuando se deslizaba por la baranda esa mañana y estaba sentado al sol, en casa de los Westerhazy? Tenía los brazos inertes. Sentía las piernas como de goma y le dolían las articulaciones. Lo peor era el frío en los huesos y la sensación de que quizá nunca volviera a sentir calor. Alrededor, caían las hojas y Ned olió en el viento el humo de leña. ¿Quién estaría quemando leña en esa época del año?
Necesitaba una copa. El whisky podía calentarlo, reanimarlo, permitirle salvar la última etapa de su trayecto, renovar su idea de que atravesar nadando el condado era un acto original y valiente. Los nadadores que atravesaban el canal bebían brandy. Necesitaba un estimulante. Cruzó el prado que se extendía frente a la casa de los Halloran y descendió por un estrecho sendero hasta el lugar en que habían levantado una casa para su única hija, Helen, y su marido, Eric Sachs. La piscina de los Sachs era pequeña, y allí encontró a Helen y su marido.
–Oh, Neddy –exclamó Helen–. ¿Almorzaste en casa de mamá?
–En realidad, no –dijo Ned–. Pero en efecto vi a tus padres –le pareció que la explicación bastaba–. Lamento muchísimo interrumpirlos, pero tengo frío y pienso que podrían ofrecerme un trago.
–Bien, me encantaría –dijo Helen–, pero después de la operación de Eric no tenemos bebidas en casa. Desde hace tres años.
¿Estaba perdiendo la memoria y quizá su talento para disimular los hechos dolorosos lo inducía a olvidar que había vendido la casa, que sus hijas estaban en dificultades y que su amigo había sufrido una enfermedad? Su vista descendió del rostro al abdomen de Eric, donde vio tres pálidas cicatrices de sutura, y dos tenían por lo menos treinta centímetros de largo. El ombligo había desaparecido, y Neddy se preguntó qué podía hacer a las tres de la madrugada la mano errabunda que ponía a prueba nuestras cualidades amatorias, con un vientre sin ombligo, desprovisto de nexo con el nacimiento. ¿Qué podía hacer con esa brecha en la sucesión?
–Estoy segura de que podrás beber algo en casa de los Biswanger –dijo Helen–. Celebran una reunión enorme. Puedes oírlos desde aquí. ¡Escucha!
Ella alzó la cabeza y desde el otro lado del camino, atravesando los prados, los jardines, los bosques, los campos, él volvió a oír el sonido luminoso de las voces reflejadas en el agua.
–Bien, me mojaré –dijo Ned, dominado siempre por la idea de que no tenía modo de elegir su medio de viaje. Se zambulló en el agua fría de la piscina de los Sachs y jadeante, casi ahogándose, recorrió la piscina de un extremo al otro–. Lucinda y yo deseamos muchísimo verlos –dijo por encima del hombro, la cara vuelta hacia la propiedad de los Biswanger–. Lamentamos que haya pasado tanto tiempo y los llamaremos muy pronto.
Cruzó algunos campos en dirección a los Biswanger y los sonidos de la fiesta. Se sentirían honrados de ofrecerle una copa, de buena gana le darían de beber. Los Biswanger invitaban a cenar a Ned y Lucinda cuatro veces al año, con seis semanas de anticipación. Siempre se veían desairados, y sin embargo continuaban enviando sus invitaciones, renuentes a aceptar las realidades rígidas y antidemocráticas de su propia sociedad. Eran la clase de gente que discutía el precio de las cosas en los cócteles, intercambiaba datos acerca de los precios durante la cena, y después de cenar contaba chistes verdes a un público de ambos sexos. No pertenecían al grupo de Neddy, ni siquiera estaban incluidos en la lista que Lucinda utilizaba para enviar tarjetas de Navidad. Se acercó a la piscina con sentimientos de indiferencia, compasión y cierta incomodidad, pues parecía que estaba oscureciendo y eran los días más largos del año. Cuando llegó, encontró una fiesta ruidosa y con mucha gente. Grace Biswanger era el tipo de anfitriona que invitaba al dueño de la óptica, al veterinario, al negociante de bienes raíces y al dentista. Nadie estaba nadando, y la luz del crepúsculo reflejada en el agua de la piscina tenía un destello invernal. Habían montado un bar, y Ned caminó en esa dirección. Cuando Grace Biswanger lo vio se acercó a él, no afectuosamente, como él tenía derecho a esperar, sino en actitud belicosa.
–Caramba, a esta fiesta viene todo el mundo –dijo en voz alta–, hasta los colados.
Ella no podía perjudicarlo socialmente…, eso era indudable, y él no se impresionó.
–En mi calidad de colado –preguntó cortésmente–, ¿puedo pedir una copa?
–Como guste –dijo ella–. No parece que preste mucha atención a las invitaciones.
Le volvió la espalda y se reunió con varios invitados, y Ned se acercó al bar y pidió un whisky. El barman le sirvió, pero lo hizo bruscamente. El suyo era un mundo en que los camareros representaban el termómetro social, y verse desairado por un barman que trabajaba por horas significaba que había sufrido cierta pérdida de dignidad social. O quizá el hombre era nuevo y no estaba informado. Entonces, oyó a sus espaldas la voz de Grace, que decía:
–Se arruinaron de la noche a la mañana. Tienen solamente lo que ganan… y él apareció borracho un domingo y nos pidió que le prestásemos cinco mil dólares… –Esa mujer siempre hablaba de dinero. Era peor que comer guisantes con cuchillo. Se zambulló en la piscina, nadó de un extremo al otro y se alejó.
La piscina siguiente de su lista, la antepenúltima, pertenecía a su antigua amante, Shirley Adams. Si lo habían herido en la propiedad de los Biswanger, aquí podía curarse. El amor –en realidad, el combate sexual– era el supremo elixir, el gran anestésico, la píldora de vivo color que renovaría la primavera de su andar, la alegría de la vida en su corazón. Habían tenido un affaire la semana pasada, el mes pasado, el año pasado. No lo lograba recordar. Él había interrumpido la relación, pues era quien tenía la ventaja, y pasó el portón en la pared que rodeaba la piscina sin que su sentimiento fuese tan ponderado como la confianza en sí mismo. En cierto modo parecía que era su propia piscina, pues el amante, y sobre todo el amante ilícito, goza de las posesiones. La vio allí, los cabellos color de bronce, pero su figura, al borde del agua luminosa y cerúlea, no evocó en él recuerdos profundos. Pensó que había sido un asunto superficial, aunque ella había llorado cuando lo dio por terminado. Parecía confundida de verlo, y Ned se preguntó si aún estaba lastimada. ¿Quizá, Dios no lo permitiese, volvería a llorar?
–¿Qué deseas? –preguntó.
–Estoy nadando a través del condado.
–Santo Dios. ¿Jamás crecerás?
–¿Qué pasa?
–Si viniste a buscar dinero –dijo–, no te daré un centavo más.
–Podrías ofrecerme una bebida.
–Podría, pero no lo haré. No estoy sola.
–Bien, ya me voy.
Se zambulló y nadó a lo largo de la piscina, pero cuando trató de alzarse con los brazos sobre el reborde descubrió que ni los brazos ni los hombros le respondían, así que chapoteó hasta la escalerilla y trepó por ella. Mirando por encima del hombro vio, en el vestuario iluminado, la figura de un joven. Cuando salió al prado oscuro olió crisantemos y caléndulas –una tenaz fragancia otoñal– en el aire nocturno, un olor intenso como de gas. Alzó la vista y vio que habían salido las estrellas, pero ¿por qué le parecía estar viendo a Andrómeda, Cefeo y Casiopea? ¿Qué se había hecho de las constelaciones de mitad del verano? Se echó a llorar.
Probablemente era la primera vez que lloraba siendo adulto y en todo caso la primera vez en su vida que se sentía tan desdichado, con tanto frío, tan cansado y desconcertado. No podía entender la dureza del barman o la dureza de una amante que le había rogado de rodillas y había regado de lágrimas sus pantalones. Había nadado demasiado, había estado mucho tiempo en el agua, y ahora tenía irritadas la nariz y la garganta. Lo que necesitaba era una bebida, un poco de compañía y ropas limpias y secas, y aunque hubiera podido acortar camino directamente, a través de la calle, para llegar a su casa, siguió en dirección a la piscina de los Gilmartin. Aquí, por primera vez en su vida, no se zambulló y descendió los peldaños hasta el agua helada y nadó con una brazada irregular que quizá había aprendido cuando era niño. Se tambaleó de fatiga de camino hacia la propiedad de los Clyde, y chapoteó de un extremo al otro de la piscina, deteniéndose de tanto en tanto a descansar con la mano aferrada al borde. Había cumplido su propósito, había recorrido a nado el condado, pero estaba tan aturdido por el agotamiento que no veía claro su propio triunfo. Encorvado, aferrándose a los pilares del portón en busca de apoyo, subió por el sendero de su propia casa.
El lugar estaba a oscuras. ¿Era tan tarde que todos se habían acostado? ¿Lucinda se había quedado a cenar en casa de los Westerhazy? ¿Las niñas habían ido a buscarla, o estaban en otro lugar? ¿O habían convenido, como solían hacer el domingo, rechazar todas las invitaciones y quedarse en casa? Probó las puertas del garaje para ver qué automóviles había allí, pero las puertas estaban cerradas con llave y de los picaportes se desprendió óxido que le manchó las manos. Se acercó a la casa y vio que la fuerza de la tormenta había desprendido uno de los caños de desagüe. Colgaba sobre la puerta principal como la costilla de un paraguas; pero eso podía arreglarse por la mañana. La casa estaba cerrada con llave, y él pensó que la estúpida cocinera o la estúpida criada seguramente habían cerrado todo, hasta que recordó que hacía un tiempo que no empleaban criada ni cocinera. Gritó, golpeó la puerta, trató de forzarla con el hombro y después, mirando por las ventanas, vio que el lugar estaba vacío.
La imagen tradicional de alguien que se define como filósofo es siempre la de una persona que va a decir cosas relevantes, cosas importantes, cosas profundas. Esa persona tiene el conocimiento sobre el sentido de la vida.
Bueno, el filósofo no está por encima de nada ni de nadie. El auténtico filósofo debe estar con los pies bien plantados y no vivir toda la vida en el claustro universitario. Debe salir, conocer cosas que no corresponden a su supuesta vocación, mezclarse con gente que, quizás, no es letrada, pero eso no es con un afán de humanismo, sino que es absolutamente indispensable para poder pensar. Wittgenstein decía, para ser filósofo elegí cualquier oficio que no sea el de profesor de filosofía.
Hacer filosofía es pensar sin tomar en cuenta la autoridad, la referencia, la competencia, el poder, el conocimiento enciclopédico de mencionar y citar gente de memoria, ni en el fisioculturismo bibliográfico. Simplemente pensar. Y para pensar hay que ignorar a todos, especialmente a aquellos que te dicen cómo y qué pensar.
Ahí uno comienza con un lienzo en blanco desprovisto de todo y empieza a decir lo que quiere, a pintar lo que quiere. Esta actitud de apropiación de nuestra propia cabeza no es espontánea, ni surge por casualidad. Es indispensable la voluntad y el deseo de hacerlo. Ahí está el verdadero trabajo, porque no tiene ningún sentido si no hay un esfuerzo en hacerlo. No tiene ningún sentido si no hay un obstáculo a saltar. Toma sentido cuando se encuentra una resistencia, una pelea.
La pelea es contra la cultura que cargamos. Conseguir una voz propia, un pensamiento que uno pueda decir “es mío, valga lo que valga” y desentenderte del que dirán. Hay que bancarse estar en minoría y bancarse la frustración, porque no se trata de estar de acuerdo con lo que otro dice. Hay que desconfiar del pensador que habla con voz grave, engolada, buena sintaxis y que se lleva la mano al mentón. Hay que ser intenso con el pensamiento propio.
¿ESTAR DE ACUERDO O NO? No es malo estar de acuerdo con alguien. Quiere decir que me conecto con lo que el otro dice porque me sirve. Me apropio de ese estar de acuerdo y lo desmenuzo, lo debato. No tiene nada que ver con ser un eterno disidente o no, sino que, al estar de acuerdo, significa qué reconozco lo bien que piensa ese otro porque me hace pensar. Así que ya no es estar solamente de acuerdo o en desacuerdo. Ya estás pensando. Y ahí empieza el trabajo sobre tu propio pensamiento que el otro te lo despertó. Así nacen muchas ideas.
Eso puede pasar con un profesor. No es que estás de acuerdo, sino que te hace pensar. Y al hacerte pensar, te puede hacer pensar un tipo con el que no estás de acuerdo. Alguien que te irrita, te provoca y te hace pensar. Allí está la conexión para producir pensamientos.
Entre 1918 y 1933 existió la República de Weimar y se conformó una rivalidad sin precedentes entre Friedrich Schiller y Johann Wolfgang von Goethe convirtiéndose es un tema de gran importancia en la historia literaria alemana.
Ambos eran figuras relevantes del Clasicismo de Weimar, y formaron parte del controvertido proyecto en la colección Xenien que desató un gran escándalo literario entre ellos que trabajaban en estrecha colaboración, escribiendo juntos versos completos, y apuntaron a autores y escuelas literarias que consideraban estancados o equivocados.
El problema es el estilo de escritura de ambos que difería notablemente. Schiller tenía una orientación idealista y buscaba ser comprensible, mientras que Goethe se dirigía a investigadores en asuntos naturales y se sentía equiparado con ellos. Esta tensión era un paradigma para discutir lo clásico y lo romántico, y su influencia en el desarrollo del idioma alemán y en la transformación de la literatura alemana.
DIFERENCIAS
Como buena polémica hay lectores que toman partido por uno o por el otro. Por ejemplo, Goethe suele ser considerado “el más grande” en términos de genialidad; Schiller es el más admirado en términos éticos, políticos y trágicos. No es empate, pero tampoco es goleada.
Los intelectuales ven a Goethe el genio universal (poesía, novela, teatro, ciencia, autobiografía)., al escritor perfecto en la armonía y la complejidad humana. Es más clásico en el sentido más tradicional. Es defendido por Nietzsche quien lo ve como el espíritu afirmativo, vital, antirromántico. Thomas Mann define a Goethe como la cima de la cultura alemana. George Steiner lo considera como una mente civilizatoria. Borges expresa admiración explícita por Fausto y su ambición metafísica. Goethe es el escritor que contiene un mundo.
Por su parte Schiller suele ser visto como el poeta de la libertad, del ideal moral y político. El gran dramaturgo trágico que es más pasional, enfático y retórico. Los intelectuales que los respetan son Hegel quien ve a Schiller como clave para pensar la libertad y la ética. Kant influyó en Schiller desarrollando su estética moral y las tradiciones republicanas y humanistas. Schiller es la conciencia moral que interpela.
COMPARACIONES DE LOS CRITICOS.
Los críticos y sus opiniones son claves en esta batalla cultural. Ellos afirman que Goethe es superior en lo literato, mientras Schiller es considerado muy alto en este aspecto.
En la profundidad filosófica es implícita y orgánica en Goethe, mientras que es explícita en Schiller.
La Tragedia es menor en Goethe y mayor en Schiller. La universalidad es máxima en Goethe y más histórica en Schiller. La política esta distante en Goethe y en cambio es central en Schiller
Los críticos más influyentes suelen decir que Schiller piensa mejor la libertad y que Goethe vive mejor la complejidad humana. O bien siendo más visceral Schiller quiere mejorar al hombre y Goethe lo comprende, y muchos consideran que comprender es literariamente superior.
VEREDICTO
Si hablamos de:
Canon literario occidental; gana Goethe
Teatro y ética. gana Schiller
Influencia cultural: gana Goethe
Idealismo político: gana Schiller
Es por esto que los manuales, universidades y la crítica dura considera a Goethe como el número uno. Goethe envejeció mejor porque escribe sobre el deseo, la ambición, el conocimiento, el aburrimiento, el fracaso y la contradicción. El Fausto trata de no estar satisfecho nunca, que es básicamente la modernidad, no trata del siglo XVIII.
Schiller, en cambio, escribe desde grandes ideales como la libertad, el heroísmo y la virtud, que hoy se leen más como gestos que como experiencias. Eleva el tono y marca posiciones.
Goethe entiende que nadie es coherente, que el bien y el mal se mezclan, que el progreso tiene costos. Schiller cree todavía en la grandeza moral, en el héroe, y en la libertad como ideal claro. Esto hace que Goethe suene moderno y Schiller noble pero antiguo.
Goethe no te pone en un pedestal ni te exige estar a la altura. Al leer Werther o Fausto uno siente: “esto me pasa”. Con Schiller uno siente: “esto debería pasarme”. Schiller funciona mejor si nos interesa la política, la libertad, la república y nos gusta el teatro fuerte y enfático. Goethe tiene en Fausto un libro ineludible.
En resumen: Goethe te entiende y Schiller te exige.